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En los conflictos de hoy, más que en otros tiempos, es casi imposible hablar con rotundidad de victorias o derrotas.
En cambio, puede haber claridad sobre las pérdidas y las ganancias, de acuerdo con la proyección de los intereses de los concernidos.
En el caso de la caída de Maduro, por ejemplo, está claro que las ganancias para los EEUU y sus aliados han sido inconmensurables.
Pero, al mismo tiempo, el régimen chavista ha obtenido altos beneficios pues, al cooperar con la transición, ha permanecido provisionalmente en el poder.
Desde ese punto de vista, lo importante no es lograr una rendición, ni un armisticio, y menos aún un cese el fuego.
Lo importante es llegar a un acuerdo, tácito o expreso, que refleje los logros alcanzados.
Y aunque ni siquiera se alcanzase acuerdo alguno, lo esencial es el nuevo marco de influencia y control que se perciba a medida que el conflicto transcurre.
De hecho, la influencia y el control son cuestiones que se mueven en tres ámbitos : el de los seguidores ( los copartidarios ), el de los aliados ( más o menos alineados ), y el de los adversarios ( manifiestos o durmientes ).
En el caso de la Tercera Guerra del Golfo, por ejemplo, cada decisión tomada por la Casa Blanca está siendo secundada por casi todos los republicanos pero es vista con escepticismo por muchos países socios.
Y lo que es peor aún, cada una de esas decisiones es abiertamente repudiada tanto por los demócratas como por ciertos aliados que, en su aversión hacia Trump, terminan fortaleciendo a Teherán y su red de apoderados extremistas en una especie de ‘síndrome diplomático de Estocolmo’.
Con todo, Estados Unidos está mostrando una alta versatilidad en el manejo de la relación entre pérdidas y ganancias. Y eso es a lo que llamaremos ‘diplomacia multitask’ ( MTD ).
Pero eso no significa que la versatilidad se traduzca en un balance exitoso.
Primero, Washington ha entendido la necesidad de la reconstrucción hegemónica tras registrar indicadores de declive y decadencia imperial.
Segundo, ha emprendido una acción interior y exterior basada en la dinámica de la coerción, esto es, la estabilidad mediante el uso o la amenaza de usar la fuerza ( Yemen, Irán, Cuba, etc. ).
Tercero, en consonancia con la coerción, ha desplegado una serie de incentivos para premiar las conductas contributivas en cada transacción ( Arabia Saudí, Argentina, Japón, etc. ).
Cuarto, además de amenazas y premios también ha recurrido a la facilitación operando como mediador que estabiliza focos de alta tensión en el sistema ( India vs. Pakistán, Ruanda vs. Congo, Israel vs. Hamás, etc. ).
Y quinto, ya sea que se trate de aliados o antagonistas, evalúa cada conducta a nivel estrictamente bilateral y nunca bajo la lógica de la acción colectiva.
De tal modo, sus exigencias en la gestión de los intereses nacionales no conceden, a priori, privilegio alguno, con lo cual, si es necesario presionar o castigar a un asociado como España para que aporte más a la Alianza Atlántica, lo hace con la misma holgura o vehemencia con la que ataca a Irán aún a sabiendas de que su principal aliado es la China.
En pocas palabras, la flexibilidad estratégica de la súper potencia le ha permitido, en tiempo récord, consolidar sus pretensiones a escala global sin reparar en habilidades amortiguadoras como la comunicación asertiva, el candor, el amparo, el atractivo, la simpatía o la empatía.
Hasta ahí, el libreto está claro y arroja cifras relacionadas con alto rendimiento.
Pero todo lo anterior puede quedar subordinado a una simpleza : a que, de la noche a la mañana, un evento como las elecciones de medio término en noviembre de este año, lo tiren todo por la borda.
Porque si los demócratas se apoderan del Congreso, el propio presidente tendría los días contados y la retaliación sería, prácticamente, implacable : ilimitada.
Y nadie lo sabe mejor que el propio Donald Trump.
vicentetorrijos.com

