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Puede haber diferencias interesantes entre los candidatos, pero se puede suponer que si la derecha llega al poder en Colombia, el país manejará unos parámetros evidentes de transformación en su política exterior.
Primero que todo, sería necesario definir lo que significa, exactamente, tener una política exterior “de derecha” que, al mismo tiempo, fuese incluyente, próspera y específica.
Si los gobiernos 2010 – 18, y 2018 – 22 inicialmente aparentaron serlo, pero luego no fueron de derecha, podría sostenerse que, después de la primera década, las políticas exteriores han sido de izquierda o de centro – izquierda.
En la práctica, el esquema Santos se consagró a promover las negociaciones en La Habana.
Por su parte, el esquema Duque aceptó fluidamente el reconocimiento palestino, no concretó la transición Guaidó en Venezuela, se desgastó con el inoperante Grupo de Lima, montó un desaparecido foro llamado Prosur y terminó dándole continuidad a los mismos acuerdos de La Habana.
Segundo, a la derecha le resultaría necesario diseñar una Cancillería altamente experta que no sea tan solo una mezcla de los dos gobiernos mencionados pues, precisamente por esas mixturas, terminaría navegando en círculos, sin mostrar una identidad tan clara a largo plazo como la que ha logrado delinear la izquierda a pesar del rígido “cortafuegos” impuesto por la Casa Blanca.
Y tercero, esa Cancillería estaría fundada en un modelo 3R : regeneración – renovación – repotenciación.
Regenerar significaría enaltecer tanto la carrera diplomática y consular como al restante cuerpo de especialistas con objetivos estratégicos claramente definidos en función de intereses nacionales, escenarios regionales entrelazados y equipos interagenciales, conjuntos y combinados.
Renovar sería, por otra parte, emprender esquemas de desarrollo compartido, seguridad colaborativa, liderazgo de agendas educativas, diplomacia científica y todo tipo de iniciativas propias de la innovación industrial y la cooperación productiva.
Al ponerle fin a la diplomacia oscilatoria o pendular, las relaciones con China estarían circunscritas a las cuestiones comerciales, y la funcionalidad especializada en materia migratoria con Europa y los EEUU reemplazaría al simple flujo de personas que es tan espontáneo como frustrante.
Por último, repotenciar se traduciría en la creación de redes globales y multifuncionales para la superación de las amenazas transnacionales, el perfeccionamiento de las acciones operativas con EEUU, Israel, la Venezuela transicional, y el lanzamiento de estímulos frente a Cuba y Nicaragua para normalizar la democracia en el hemisferio.
En resumen, la derecha no tendría mayores problemas en gestionar sus modelos sociales, económicos, o de seguridad ciudadana.
En cambio, el verdadero desafío estaría centrado en el complejo modelo que ligue la política exterior y la seguridad cooperativa a escala transnacional.
En otras palabras, garantizar la conexión multifactorial entre la Cancillería y el Ministerio de Defensa, o sea, el diseño y la ejecución de una ampliada, polifuncional y genuina ‘Diplomacia de Defensa’.

