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A diferencia de las grandes potencias, que también pueden contar con armamento nuclear, las superpotencias pueden ejecutar despliegues de fuerzas a escala global.
Por tanto, al gozar de presencia en los cuatro puntos cardinales, ellas pueden involucrarse con relativa facilidad en diferentes tipos de conflictos simultáneamente.
Tales conflictos armados pueden ser funcionales, o existenciales.
Los funcionales buscan mantener o elevar la influencia, la hegemonía. En cambio, los existenciales lo ponen todo en juego y se miden en función de la dominación y la preeminencia.
Por ejemplo, la guerra de Vietnam fue un conflicto funcional para los EEUU, lo mismo que el de Afganistán para los soviéticos.
Por el contrario, la crisis de los misiles en Cuba, durante 1962, fue un conflicto existencial para los norteamericanos, tanto como el de Ucrania para los rusos de hoy.
No importa si dura mucho, o poco, pero en un conflicto existencial ( de vida o muerte ) todos los recursos y posibilidades se barajan con la mira puesta en alcanzar la victoria.
Para los israelíes y los iraníes, la guerra en que se hallan inmersos tiene naturaleza existencial. Pero, al menos por el momento, ese mismo conflicto no puede interpretarse como existencial para los EEUU.
El problema está en que, visto en perspectiva, es decir, si los persas llegasen a contar con armamento nuclear y con misiles cuyo alcance pudiese afectar directamente al territorio de los EEUU, el conflicto pasaría a ser existencial para los norteamericanos.
Es por semejante posibilidad que la Tercera Guerra del Golfo tiene para Washington una importancia decisiva : ¿ Acaso no es preferible actuar preventivamente, antes de que se llegue a que la amenaza sea inminente ?
Sin embargo, los ataques preventivos que, junto a los anticipados, resultan enormemente atractivos para una superpotencia, también suponen elevados costos, sobre todo, cuando el adversario sabe manejar habilidosamente la asimetría en que se encuentra ( tal como sucedió con los ataques del 11-S ).
Es por eso que, sorpresivamente, una superpotencia puede verse atrapada en conductas altamente traumatizantes.
Una de esas conductas puede ser la de los ataques terroristas de alta intensidad y bajo coste, más aún en el marco de eventos globales como, por ejemplo, un Mundial de Fútbol.
Otra modalidad puede ser la que se basa en la llamada “Teoría del Loco”, cuando el enemigo le hace pensar a la superpotencia que está adoptando una conducta irracional y que, en cualquier momento podría usar armas químicas, o biológicas, sin inmutarse por las consecuencias.
Asimismo, el retador puede recurrir al alto riesgo calculado, es decir, a jugar con fuego ( brinkmanship ) llevando a la superpotencia hasta “el borde del abismo” para que, en el último minuto ceda, en vez de caer juntos, al mejor estilo de Manfred von Richthofen, el conocido Barón Rojo.
En resumen, si se trata de un conflicto existencial ( presente, o futuro ) en el que una superpotencia está dispuesta a mantener su estatus victorioso, solo hay dos opciones.
O se dedica a lo que se conoce como “cortar el césped”, es decir, a contener al adversario con ataques periódicos que lo mantengan a raya impidiéndole acumular poder destructivo, o se decide por emplear a fondo todos los recursos con que cuenta para doblegar de manera incontrovertible al adversario.
Obviamente, cortar el césped suele ser una falacia, un distractor que, tarde o temprano, puede conducir a la catástrofe, tal como quedó demostrado, por ejemplo, con los golpes infligidos a Israel durante el 7-O.
Al fin y al cabo, nadie puede imaginarse el final de la Segunda Guerra Mundial en una elegante mesa de negociaciones utilizando contra Adolfo Hitler y el Eje algo distinto a la modalidad contundente de la guerra decisiva.
vicentetorrijos.com

