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La Tercera Guerra del Golfo pone a prueba al sistema internacional en su conjunto y muestra la verdadera naturaleza de las potencias globales.
Ni Rusia, ni China, tienen las capacidades reales para implicarse en una guerra más allá de su vecindario.
Como única súper potencia hegemónica imperial ( SPHI ), Estados Unidos ha reasumido una interesante identidad estratégica unilateral.
Por un lado, despliega una agenda coercitiva planetaria destinada a reconstruir su preponderancia.
Por otro, ha redefinido su concepto expansionista sideral con Artemis 2, a fin de construir una base lunar que lo catapultará a la colonización de Marte.
Volviendo a lo regional, esa SPHI requiere tener el control funcional ( no absoluto ) del Medio Oriente.
El control funcional consiste en asegurar que ninguna potencia emergente hostil alcance indicadores de peligro existencial para su territorio y el de Israel, entendido como aliado esencial y predominante en el área.
Tal control supone siete escenarios concretos.
Primero, anular la amenaza nuclear persa, un asunto directamente relacionado con la racionalidad.
En manos de una teocracia delirante y extremista que valora al suicidio como herramienta de alto valor asimétrico, el arma nuclear tiene una connotación impredecible e insospechada.
En consecuencia, EEUU puede comprar el uranio iraní ; puede enviar comandos para extraerlo ; o puede pulverizar periódicamente las instalaciones procesadoras.
Segundo, desmilitarizar a los persas, esfumando su fuerza aérea, armada, y dotaciones misilísticas y de drones.
Aunque han desarrollado muchas habilidades al respecto, los fanáticos teócratas se verán compelidos a ceder si las operaciones militares occidentales no se contraen.
Tercero, liberar el estrecho de Ormuz, una noción muy distinta a la de reabrirlo : abierto estaba, pero bajo el asedio iraní.
Al no ser un canal, como Suez o Panamá, eso requiere que, para liberar al Estrecho, EEUU anule las capacidades militares de cada isla persa, borre las bases militares costeras, elimine la armada iraní, desmine las aguas, escolte a cada buque y, sobre todo, logre invertir la lógica estratégica con la que China se comporta.
Entonces, si EEUU mantiene el bloqueo del Golfo, China, que a diferencia de la SPHI, es ultradependiente de los recursos energéticos, se vería impelida a cooperar con Washington y condicionaría a Teherán para que cese definitivamente los hostigamientos.
Así, en la práctica, el Golfo pasaría a estar controlado por EEUU, China y Arabia Saudí más los Emiratos ( el Consejo de Cooperación en el Golfo ), en tanto que a los persas solo se les permitiría la comercialización en un esquema similar al de “petróleo por alimentos” que caracterizó a la Operación Tormenta del Desierto, por allá en 1991.
Por supuesto, si los europeos quisieran gozar de los beneficios, tendrían que dejar atrás su debilidad inherente y la velada complacencia hacia Teherán, de tal modo que buques españoles y franceses tendrían que asumir los costos de su propia seguridad energética.
Cuarto, devolverle la soberanía al Líbano, extinguiendo a Hezbolá, tal como ya se hizo con Hamás en la Franja y como ya casi se ha logrado con los hutíes de Yemen.
Sin duda, esto parte del antedicho punto 2, pero está claro que desmoronar el Eje de la Resistencia, liderado y patrocinado por Irán, es tanto un indicador insoslayable para la Operación Furia Épica, de los EEUU, como un objetivo irrenunciable para la Operación León Rugiente, de Israel.
Asimismo, el Eje iraní, en tanto idea expansionista proxy, sería reemplazado por la iniciativa estratégica aliada de los Acuerdos de Abraham en la que Washington, Jerusalén y Ryad constituirían el triángulo transformador.
Quinto, liberar a la población iraní, un asunto espinoso pero no imposible si se piensa en Panamá, Granada y Venezuela ; o en lo que fue la reconstrucción de Alemania, Italia y Japón tras la Segunda Guerra Mundial.
Sexto, dotar al mencionado Consejo de Cooperación en el Golfo, y a los Acuerdos de Abraham ( en su capítulo de seguridad compartida ) de todas las capacidades aéreas y de autodefensa antimisiles con el fin de que contengan y le nieguen a Teherán cualquier pretensión rearmamentista o transgresora.
Y séptimo, como reconocimiento a su voluntad adaptativa y constructiva -en estricta lógica conductista-, Teherán sería recompensada con el descongelamiento de los casi 30 mil millones de dólares de los que dispone en el extranjero, con la presunción de que serían usados en la reparación de sus infraestructuras civiles.
Nada más. Hay epopeya para rato. Por lo pronto, siete puntos de marquetería.
vicentetorrijos.com

