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La religiosa Sarah Mullally fue entronizada el 25 de marzo de 2026 como arzobispa de Canterbury, convirtiéndose en la primera mujer en asumir la jefatura espiritual de la Iglesia de Inglaterra. La ceremonia, realizada en la catedral de Canterbury, reunió a cerca de 2.000 asistentes y contó con la presencia de autoridades civiles y miembros de la realeza, entre ellos el primer ministro Keir Starmer y el príncipe Guillermo, príncipe de Gales, junto a Catalina. Más que un acto protocolario, se trató de un momento con peso histórico: por primera vez en más de cinco siglos, una mujer ocupa el cargo más alto de una institución profundamente marcada por la tradición.
La toma de posesión tuvo un marcado tono simbólico que la propia Mullally subrayó en su juramento. “Me comprometo solemnemente ante ustedes al servicio de la Iglesia de Inglaterra, de la comunión anglicana y de toda la Iglesia de Cristo en el mundo entero, para que juntos proclamemos el Evangelio de Cristo que nos reconcilia con Dios y derriba los muros que nos dividen”, afirmó. El mensaje no pasó desapercibido: puso en primer plano la idea de reconciliación en un momento en el que la Iglesia enfrenta cuestionamientos internos y la necesidad de recomponer su credibilidad.
El contexto en el que asume no es menor. Mullally llega al cargo tras la renuncia de Justin Welby en noviembre de 2024, en medio de la gestión de un escándalo por agresiones físicas y sexuales dentro de la institución. Un episodio que marcó un punto de quiebre y dejó instalada una exigencia de cambios. Durante la ceremonia se hizo referencia a las víctimas, un gesto que deja claro que su liderazgo arranca con la presión de impulsar revisiones internas y mecanismos de reparación.
Más allá del simbolismo, su perfil también explica parte de las expectativas. Mullally, de 63 años, es exenfermera que desarrolló una carrera en el sistema de salud antes de ordenarse sacerdotisa en 2002. En 2018 se convirtió en la primera mujer obispa de Londres, uno de los cargos más visibles dentro de la Iglesia de Inglaterra. Está casada y es madre de dos hijos. Su experiencia, tanto en lo social como en lo eclesiástico, ha sido vista como una base para enfrentar un momento institucional exigente.
El nombramiento, sin embargo, no ha generado una reacción uniforme. Mientras sectores que promueven una mayor participación de las mujeres en la jerarquía lo consideran un avance significativo, otros han expresado reparos. Líderes conservadores y varios arzobispos en África han cuestionado la decisión, mostrando así las tensiones que no son nuevas pero que siguen marcando el pulso de la comunión anglicana, presente en 165 países y atravesada por diferencias doctrinales y culturales.
Ese carácter global es clave para entender el alcance del cargo. La comunión anglicana tiene presencia más allá del Reino Unido, con cerca de 958.000 fieles en América Latina, según estimaciones disponibles, y comunidades relevantes en distintos continentes. Esto implica que las decisiones que se tomen desde Canterbury no solo impactan a la Iglesia de Inglaterra, sino a una red internacional diversa, con realidades sociales y culturales muy distintas entre sí.
La llegada de Mullally a Canterbury no es un hecho espontáneo, sino la consecuencia de un proceso que tardó años. La Iglesia de Inglaterra permitió la ordenación de mujeres como sacerdotisas en 2002 y su acceso al episcopado en 2014, tras debates internos prolongados. Su nombramiento consolida ese cambio de estructura en un momento en que la institución busca reordenarse tras la crisis reciente, mientras enfrenta el reto de mantener cohesión en medio de diferencias que siguen abiertas.
Juan Joy




