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La madrugada del 25 de noviembre de 1967 parecía una más en Chiquinquirá, Boyacá. En la panadería Nutibara, un joven panadero encendió el horno y abrió los bultos de harina que habían llegado la noche anterior desde Bogotá. Sin saberlo, mezclaba una masa impregnada con Folidol, un insecticida agrícola que pronto desataría la peor tragedia por envenenamiento registrada en Colombia y una de las más graves en el mundo.
Esa mañana, los niños del municipio siguieron su rutina hacia la escuela. El pan del desayuno era parte del camino: algunos lo compraron en la calle, otros lo llevaron a casa antes de salir. Nadie imaginó que ese alimento cotidiano se convertiría en el detonante de una emergencia que, en cuestión de horas, terminó por paralizar al pueblo entero.
Hacia las ocho comenzaron los primeros síntomas. En las aulas, en las calles y en las casas se reportaron convulsiones, vómitos, mareos y desmayos. Lo que parecía un virus pasajero se transformó en un caos colectivo. Los testigos recuerdan el desconcierto de maestros y vecinos al ver cómo decenas de menores se desplomaban casi al mismo tiempo. “Sentí mareo, dolor de estómago, pero no imaginamos que yo estaba envenenada”, relató años después Olga Lucía Valbuena, quien entonces tenía 10 años.
El hospital San Salvador de Chiquinquirá fue el primer destino de los enfermos, pero no tenía capacidad para enfrentar una intoxicación masiva. Las salas se llenaron en minutos y los tres médicos disponibles trabajaron sin descanso, sin suficientes antídotos ni equipos adecuados. Las ambulancias no alcanzaban y muchos pacientes fueron trasladados en brazos o en vehículos improvisados. El dolor se multiplicaba en cada esquina. “Acá en Chiquinquirá se acabaron los ataúdes, a mucha gente le tocó en cajones con un papelito rosado en las tablitas porque no hubo ataúdes para la cantidad de niños que murieron”, recordó Betty Rojas, testigo del hecho.
El origen seguía siendo un misterio hasta que la familia Romero dio una pista clave. “Una hermana dijo ‘papi, este pancito está como envenenado’. Ella lo tiró al patio, teníamos unos pollos, pero uno solamente comió y después nos dimos cuenta de que el pollo falleció”, relató Carlos Alfonso Romero. Su padre concluyó que el pan era el causante. La investigación confirmó que todos los afectados habían comprado en la misma panadería.
Los análisis toxicológicos revelaron que el pan estaba impregnado de Folidol, un herbicida potente usado en cultivos de papa. Una sola tapa del frasco diluida en agua bastaba para fumigar extensiones completas. El contacto accidental durante el transporte —cuando sacos de harina se mezclaron con frascos del químico en un camión que viajaba desde Bogotá— fue suficiente para contaminar la carga. El propio panadero, Joaquín Merchán, de 25 años, murió por el contacto directo con la harina envenenada, según se concluyó después.
Las cifras exactas varían, pero se estima que 500 personas resultaron intoxicadas. Murieron al menos 86 niños y varios adultos, aunque se cree que hubo un subregistro. El municipio quedó en silencio durante los funerales. Las familias pasaron de la rutina escolar a la pérdida repentina. El recuerdo de cuerpos doblados por el dolor y padres desesperados marcó para siempre la memoria colectiva.
En los días siguientes, el Gobierno abrió investigaciones y la tragedia obligó a revisar los protocolos de transporte de sustancias peligrosas y la vigilancia sanitaria en la cadena de alimentos. La mezcla de agroquímicos y harina evidenció la falta de controles de la época, y dejó lecciones que más tarde se incorporarían en normas de seguridad y salud pública.
Cincuenta y ocho años después, el episodio sigue vivo en la memoria de Chiquinquirá. El escritor Yuri Chillán Reyes lo reconstruyó en su libro Pandemónium – Veneno, dolor y muerte en Chiquinquirá, una obra que combina reportaje y novela para narrar cómo el pueblo enfrentó el miedo, la pérdida y el duelo comunitario. Chillán, que entonces era un niño, utiliza la voz ficticia de Adela Vázquez para dar vida a los recuerdos, apoyado en entrevistas con sobrevivientes, documentos oficiales y su propia memoria. El libro funciona como homenaje y advertencia: mantener viva la memoria de las víctimas y recordar los riesgos de la negligencia en el manejo de sustancias tóxicas.
Un hecho que hoy por hoy se considera la peor tragedia por envenenamiento en Colombia y una de las más graves a nivel mundial. No solo por el número de víctimas, sino por el impacto que dejó en la memoria colectiva de un pueblo que vio morir a sus hijos en cuestión de horas. El dolor se extendió más allá de Chiquinquirá: familias enteras quedaron marcadas por la tragedia, la comunidad enfrentó un duelo masivo sin precedentes y el país tuvo que reconocer la fragilidad de sus sistemas de control.
Juan Joya




