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18 noviembre, 2025
El precio de la lealtad: cuando el amor del hincha sostiene la historia
18 noviembre, 2025La paradoja es fascinante para cualquier estudioso de la ciencia política: el movimiento que se presentaba como un bloque indestructible muestra hoy fisuras críticas. El trumpismo se vendió siempre como un ejército emocional dispuesto a seguir al líder incondicionalmente, sin importar los giros, retrocesos o contradicciones. Sin embargo, el desafío más serio no proviene de sus enemigos tradicionales. Las fisuras no vienen de la prensa, ni de los demócratas, ni de los tribunales; vienen de adentro, de su propio movimiento. Esta vez, el peligro es endógeno.
La primera y más simbólica fractura es el abandono del “America First”. La base eligió a Trump precisamente para evitar interferencias extranjeras y enfocarse en los asuntos domésticos. Por eso resulta tan chocante que Donald Trump dejó de ser el profeta del America First. Mientras su administración rescata a Argentina con 20 mil millones de dólares, se reúne con magnates globales y envía señales de respaldo a Ucrania e Israel, el mayor simbolismo de esta ruptura es su posible visita al Foro Económico Mundial en Davos. Para un votante MAGA, Davos no es un foro, es el infierno globalista. Desde la teoría populista, esto se define como ruptura de narrativa: cuando el líder traiciona el relato emocional que le dio origen, su poder deja de ser incuestionable.
La segunda fractura, y quizás la más peligrosa, es la metamorfosis del comandante pacifista. Trump construyó su imagen como el presidente que no haría más guerras, el que ya no mandaría a hijos ajenos a morir en desiertos lejanos. Esa promesa se desvanece con las insinuaciones de operaciones terrestres en Venezuela, el bombardeo a Irán y un discurso que cada vez se parece más al de los warmongers que criticaba. Esto revela una verdad incómoda: para Trump el antiintervencionismo no era una doctrina, sino más bien era un sentimiento. Su reciente declaración sobre Venezuela –“en cierto modo” ya decidió qué hacer– refleja esta ambigüedad belicista que genera escozor en su base.
La tercera y más corrosiva fractura es la traición al anti-establishment. Trump prometió revelar los secretos de las élites y terminar con el establishment de Washington, pero ahora se opone a la publicación total de los archivos del caso Epstein. La razón es obvia: porque parece que él está en ellos. Para su movimiento, Epstein no es un escándalo aislado, es el símbolo máximo de la corrupción moral del poder. Mientras congresistas republicanos exigen transparencia, la resistencia de Trump plantea preguntas incómodas. Como señaló el congresista Thomas Massey, ocultar información no es proteger al país, sino proteger algo más. La duda queda flotando: ¿a quién protege?
La verdadera crisis del trumpismo es que se está rompiendo en su centro, no por fuerzas externas. Cuando el centro de un movimiento populista se agrieta es cuando más vulnerable políticamente hablando está. La lealtad incondicional tiene un límite: la coherencia con el relato fundacional. Cuando el líder contradice los pilares emocionales de su movimiento, la pregunta deja de ser “¿contra quién luchamos?” para convertirse en “¿por qué luchamos?”. Y esa pregunta, desde adentro, puede ser letal.
Humberto ‘Toto’ Torres




