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Este 30 de septiembre se conmemoran 40 años de la masacre del suroriente de Bogotá, conocida como la “Masacre de la leche”, uno de los episodios más graves de violencia estatal en la historia reciente de la capital colombiana. Los hechos ocurrieron en 1985, cuando once personas fueron asesinadas por agentes de la Fuerza Pública tras el robo de un camión repartidor de leche por parte de jóvenes militantes del Movimiento 19 de Abril (M-19). El operativo se desplegó en los barrios Malvinas, Guacamayas y San Martín, en la localidad de San Cristóbal.
Según el informe de la Comisión de la Verdad, “los jóvenes repartieron la leche entre la comunidad antes de ser perseguidos por un operativo que involucró entre 200 y 500 agentes de la Policía Nacional, el Ejército y el desaparecido F2”. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en su informe de 1997, concluyó que “fueron ejecutados arbitraria y sumariamente por agentes de las fuerzas públicas”, lo que configuraría una grave violación a los derechos humanos.
Las víctimas fueron identificadas como Javier Bejarano, José Alberto Aguirre, Jesús Fernando Fajardo Cifuentes, Francisca Irene Rodríguez Mendoza, Isabel Cristina Muñoz Duarte, Arturo Ribón Avilán, Yolanda Guzmán Ortiz, Martín Quintero Santana, Luis Antonio Huertas Puerto y José Alfonso Porras Gil. Diez de ellos eran militantes del M-19 y uno era civil. El contexto de los hechos estuvo marcado por la ruptura de los diálogos de paz entre el gobierno de Belisario Betancur y esa organización insurgente.
A pesar de la gravedad del caso y de los pronunciamientos internacionales, el proceso judicial ha sido lento y fragmentado. En 2012, dos coroneles de la Policía fueron capturados por su presunta participación en los hechos. En 2021, la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) aceptó al policía Olivo Jaimes Vega, implicado en la muerte de dos de los jóvenes, como compareciente voluntario. Sin embargo, hasta la fecha no existe una sentencia definitiva que determine lo ocurrido ni que repare integralmente a las familias de las víctimas.
La memoria de la masacre se mantiene viva en los barrios donde sucedieron los hechos, a través de actos simbólicos como “La noche sin miedo”, publicaciones como Tomad y bebed. Crónicas de militancia de Alejandro Cabezas, y espacios de reflexión promovidos por el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación. En palabras del colectivo Memorias Vivas, “la masacre no ha sido olvidada por quienes la vivieron, pero sí por quienes debieron responder ante ella”.
A 40 años del crimen, el país sigue sin respuestas claras. La masacre de la leche no solo es una antigua deuda judicial, sino también una pregunta abierta sobre qué hechos se recuerdan y cuáles se silencian. En un panorama donde otras efemérides reciben mayor atención mediática, esta fecha vuelve a interpelar a las instituciones, a los medios y a la sociedad sobre el lugar que ocupa la memoria en la construcción de justicia.
Juan Joya




