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8 octubre, 2025Una noche de disturbios y declaraciones de guerra evidenció la profunda incapacidad de las autoridades locales para gestionar el conflicto, sumiendo a la ciudad en un escenario de violencia e impunidad.
Medellín, una ciudad que se precia de innovación y pujanza, volvió a revelar anoche su faz más cruda: la de un territorio sin control y sin protocolos claros para canalizar la protesta social. Lo que inició como una movilización en solidaridad con Palestina derivó en un caos de vandalismo, agresiones y una inquietante escalada verbal por parte de un funcionario público, dejando al descubierto la fractura social y la inoperancia institucional.
El punto de ignición de la polarización lo encendió el concejal del Centro Democrático, Andrés Rodríguez, quien, lejos de actuar como un pacificador, apareció en las calles blandiendo un bate de béisbol. Su actitud, más propia de un miliciano que de un edil, quedó registrada en un video que circula ampliamente en redes sociales. En la grabación, el concejal lanza una arenga belicista: “Así como ustedes rayan paredes, yo voy a defender a Medellín (…) pa’ ver si el resto de ciudadanos de esta ciudad se despiertan y ayudan a defenderla, porque a partir de este momento les declaro la guerra a todos ustedes”.
La reacción no se hizo esperar. Desde el ámbito nacional, la senadora del Pacto Histórico, Isabel Zuleta, alzó la voz para exigir consecuencias. A través de su cuenta de X, la congresista exigió: “Le pido a la @PGN_COL investigar la conducta violatoria de la ley del concejal uribista @AndresGuryRod. Este impresentable concejal le declaró ‘la guerra’ a la ciudadanía de Medellín que protesta por la paz”. Sin embargo, la pregunta que flota en el ambiente es si estas denuncias tendrán eco real en una ciudad donde la línea entre la autoridad y la provocación parece desdibarse.
Mientras un concejal declaraba la guerra, el vandalismo se materializaba en el centro comercial San Lorenzo, donde un local de McDonald’s fue atacado. Varias familias con niños quedaron atrapadas y aterrorizadas mientras manifestantes lanzaban objetos y pintaban grafitis en la fachada. El alcalde Federico Gutiérrez salió a rechazar estos hechos, pero su condena, aunque necesaria, resuena como un parte de guerra más que como una solución estructural: “Lo que pasó en Medellín no es protesta pacífica, es intimidación y vandalismo. Los niños estaban con sus familias comiendo y jugando tranquilos, y llegaron a generar miedo. En ese momento intervinimos como autoridad”, declaró el mandatario.
No obstante, la intervención de la autoridad también quedó bajo la lupa. Cirulan videos que muestran a un hombre siendo golpeado por varias personas que portaban prendas de la Secretaría de Seguridad de Medellín, sembrando dudas sobre el uso desproporcionado de la fuerza. Ante esto, la advertencia del presidente Gustavo Petro no pudo ser más grave: “El Gobierno Nacional debe desmantelar este grupo violento dirigido desde el poder local. Es puro militarismo prohibido por la ley”.
La noche cerró con un balance preliminar del secretario de Seguridad, Manuel Villa, quien denunció ataques con pintura contra sus funcionarios. La jornada, que se extendió hasta altas horas y requirió el despliegue de la UNDMO, no es un hecho aislado, sino el síntoma de una Medellín que, ante la protesta, solo sabe responder con más violencia, ya sea desde la tribuna de un concejal, el puño de un uniformado o el spray de un vándalo. La ciudad demuestra, una vez más, que carece de las herramientas para construir paz en medio del disenso.
Humberto ‘Toto’ Torres




