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El presidente estadounidense, Donald Trump, volvió a poner en entredicho el papel de la OTAN al afirmar que está “más que considerando” la salida de su país de la Alianza Atlántica. Declaraciones que se reciben en medio de un deterioro visible de las relaciones con sus socios europeos, a quienes acusa de no haber respaldado a Washington en la ofensiva militar contra Irán. “Nunca me dejé influir por la OTAN. Siempre supe que era un tigre de papel”, afirmó el mandatario, marcando un tono abiertamente crítico frente a la organización.
El malestar de la Casa Blanca se basa en lo que considera una falta de reciprocidad. Trump ha insistido en que el apoyo dentro de la Alianza debería ser automático, especialmente en escenarios de confrontación. En tal sentido, recordó la participación estadounidense en otros conflictos en respaldo de sus aliados, incluyendo el caso de Ucrania. “Estuvimos allí automáticamente… siempre lo habríamos hecho. Pero ellos no han estado allí por nosotros”, señaló, al cuestionar que Europa no haya acompañado la estrategia militar frente a Irán.
El punto de quiebre ha sido la negativa de varias potencias europeas a involucrarse en acciones ofensivas. Países como Alemania, Francia y Reino Unido han optado por mantenerse al margen de la operación militar, mientras que otros gobiernos han ido más allá al restringir el uso de su territorio. España e Italia, por ejemplo, han limitado las operaciones de sus bases militares estadounidenses para actividades relacionadas con el conflicto, esto por considerar que esas operaciones no encajan dentro de los acuerdos vigentes. Decisiones que han generado una reacción inmediata en Washington, donde se interpretan como señales de distanciamiento estratégico.
Desde el Departamento de Estado, el secretario Marco Rubio respaldó el tono del presidente y planteó la revisión del papel de la Alianza. “Tenemos que reevaluar el valor de la OTAN”, afirmó, al cuestionar si la organización “sigue cumpliendo su propósito o si se ha convertido en una calle de sentido único”. La crítica apunta directamente a la negativa de algunos aliados incluso en aspectos logísticos, como la autorización para utilizar bases militares en operaciones vinculadas al conflicto con Irán.
En Europa, la respuesta ha sido de contención y defensa del modelo de seguridad colectiva. Desde la Unión Europea se reiteró el compromiso con el vínculo transatlántico y se resaltó que la OTAN sigue siendo un pilar central para la seguridad del continente. Al mismo tiempo, Bruselas ha puesto el acento en el aumento del gasto en defensa, con cifras que superan los 800.000 millones de euros movilizados por los Estados miembros, incluidos 150.000 millones destinados a programas conjuntos.
Las tensiones se han reflejado también en decisiones concretas que han incomodado a Washington. Italia, por ejemplo, negó el uso de una base en Sicilia para operaciones estadounidenses, al considerar que no se trataba de misiones cubiertas por los acuerdos existentes. España, por su parte, reiteró su negativa a permitir el uso de sus bases y espacio aéreo para acciones vinculadas a la guerra. Sumado a esto, la reticencia de otros aliados a redistribuir recursos militares clave, como sistemas de defensa, en un contexto en el que algunos países priorizan amenazas más cercanas, como la guerra en Ucrania.
En paralelo, el discurso de Trump ha elevado la presión sobre sus aliados. El mandatario no solo ha cuestionado su nivel de compromiso, sino que ha advertido que Estados Unidos podría dejar de respaldarlos en el futuro. “Tendrán que empezar a aprender a defenderse por sí mismos; Estados Unidos ya no estará ahí para ayudarles”, afirmó.
Juan Joya




