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La guerra en Ucrania alcanza los 1.500 días desde el inicio de la invasión rusa, sin señales claras de desescalada y con un nuevo episodio que refleja la distancia entre las partes. El Kremlin descartó la propuesta del presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, de pactar una tregua con motivo de la Pascua ortodoxa del próximo 12 de abril. La iniciativa, planteada como una pausa temporal en los combates, fue recibida en Moscú con escepticismo y rechazada bajo el argumento de que alteraría el equilibrio actual en el frente.
El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, sostuvo que las fuerzas rusas “mantienen el avance en diversos puntos” y advirtió que un cese al fuego permitiría a Ucrania reagruparse, rearmarse y movilizar nuevas tropas. Desde esa perspectiva, la propuesta fue interpretada como una ventaja táctica para Kiev más que como un gesto humanitario. Peskov también cuestionó la falta de detalles concretos en la iniciativa y reiteró que, en lugar de pausas, lo que se requiere es una salida “permanente” al conflicto, trasladando la responsabilidad de ese proceso al Gobierno ucraniano.
Del lado ucraniano, Zelenski insistió en mantener abiertas vías de negociación, aunque con un enfoque más gradual. El mandatario reafirmó su interés en acuerdos específicos en materia energética y alimentaria, temas que, según explicó, ya ha puesto sobre la mesa en conversaciones con líderes de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos y Qatar durante su reciente gira por el Golfo Pérsico. También volvió a plantear la posibilidad de reactivar un diálogo a tres bandas con Estados Unidos, una fórmula que sigue sin avanzar ante la negativa rusa de participar en encuentros en territorio estadounidense.
Mientras las posiciones políticas permanecen estancadas, el frente militar muestra una dinámica opuesta: cada vez más activa y extendida. Ucrania ha intensificado en las últimas semanas sus ataques contra infraestructuras energéticas rusas, con especial foco en el puerto de Ust-Luga, una pieza clave en la exportación de petróleo por el mar Báltico. En apenas diez días, este enclave ha sido alcanzado en cinco ocasiones por drones, obligando a suspensiones temporales de operaciones en un punto desde el que salen cerca de 700.000 barriles diarios de crudo.
Estos ataques no son aislados. Responden a una estrategia más amplia de Kiev para golpear las fuentes de financiación de la guerra rusa. En paralelo, Moscú ha mantenido su presión sobre el sistema energético ucraniano, especialmente durante el invierno, con bombardeos dirigidos a centrales eléctricas e infraestructuras críticas. El resultado es un pulso constante en el que ambos bandos buscan debilitar la capacidad operativa del otro más allá del campo de batalla inmediato.
En la última jornada, esa lógica volvió a evidenciarse. Rusia informó la interceptación de decenas de drones ucranianos en la región de Leningrado, aunque algunos lograron impactar y causar daños en viviendas, una escuela y un centro social. Tres personas resultaron heridas, entre ellas dos menores. Al mismo tiempo, Ucrania reportó un ataque masivo con 289 drones de largo alcance lanzados por Rusia durante la noche, de los cuales la mayoría fueron neutralizados, aunque varios alcanzaron objetivos en distintas zonas del país.
A este escenario se suma la presión internacional, que reaparece con fuerza en momentos simbólicos. En Kiev y Bucha, representantes de la Unión Europea conmemoraron el cuarto aniversario del hallazgo de civiles muertos tras la ocupación rusa. Veintiséis países del bloque firmaron una declaración conjunta en la que respaldan la creación de un tribunal especial para juzgar el crimen de agresión y piden mecanismos de reparación para Ucrania. El documento insiste en que “la asunción de responsabilidades es un elemento indispensable para una paz comprensiva, justa y duradera”, al tiempo que recuerda las denuncias de asesinatos, torturas y deportaciones forzadas.
Más de cuatro años después del inicio de la guerra, el panorama combina frentes activos, posiciones políticas rígidas y una presión internacional que no logra traducirse en avances concretos de negociación. La posibilidad de una tregua, incluso temporal, queda atrapada en ese equilibrio inestable donde cada movimiento es leído en clave estratégica.
Juan Joya




