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Si se toma como punto de referencia a los sistemas políticos, las similitudes entre democracias y autocracias pueden ser sorprendentes.
Macri, en la Argentina democrática, cometió tantos errores que les facilitó a sus opositores el retorno al poder.
A su vez, entre 1981 y 90, Jaruzelski, epítome de la Polonia autoritaria se convirtió en el mejor ejemplo de represión para desembocar en el ascenso al poder del Movimiento Solidaridad.
Por otra parte, si el punto de referencia son las ideologías, las afinidades también resultan interesantes.
El totalitarismo nazi fascista de Hitler y Mussolini cometió toda suerte de estropicios antes de derrumbarse, suicidándose uno y en la horca el otro.
A su vez, el totalitarismo comunista de Stalin, o Ceausescu, terminó con aquel como el mejor ejemplo universal de culto a la personalidad, y este otro colgado y sangrante en la vía pública.
Por último, si el referente son los regímenes políticos, las aproximaciones entre parlamentarismo y presidencialismo son particularmente llamativas.
Bélgica ha vivido tanto sin gobierno en los últimos tiempos que ha servido como ejemplo de que un país puede desenvolverse mejor sin los políticos.
Y Nicaragua, paradigma de la opresión y el caos, no solo tiene uno sino dos presidentes ( esposo-y-esposa ) a los que, por razones biológicas, no les queda mucho tiempo para seguir detentando el poder.
En pocas palabras, y mírese como se mire, los gobiernos desastrosos, depredadores, y que saben que les queda poco tiempo en el sillón, se comportan ( y terminan ) casi del mismo modo, sin importar su naturaleza.
Primero, se solazan en la corrupción, promoviéndola de manera mediática como una conducta propia de los seres humanos más capacitados para el manejo de los asuntos públicos : astucia, oportunismo y complicidad creativa.
Segundo, se divierten al máximo con la retórica persuasiva para atraer a sus prosélitos mediante válvulas de escape y sofismas basados en la refundación redentorista del Estado : referendos, plebiscitos, cesarismo, y bonapartismo. Sultanismo, en suma.
Tercero, hacen hasta lo imposible por demostrar que “todo es negociable” y que el relativismo jurídico y moral no es otra cosa que perspicacia y heurística política, tratando así de dejar claro que el ingenio criminal organizado es el parámetro natural de la vida pública.
Cuarto, se explayan en mostrarse como líderes mesiánicos a escala planetaria y como garantes de un orden mundial alternativo, justo, renacentista, salvífico e igualitario … aunque glorificador del terrorismo, la toma de rehenes, la extorsión y los privilegios pretorianos.
Y quinto, se sienten en el paroxismo desvertebrando la estructura administrativa y deconstruyendo los mecanismos de gestión para atribuirse, en ese adanismo sublime, la salvación de la sociedad atribulada.
Solo que, en semejante empeño, suelen pulverizar la salud pública, evaporan la seguridad ciudadana, ideologizan el aparato educativo y convierten a la Fuerza Pública en un ente desarmado al mejor estilo guardabosques.
En la práctica, muchos de estos gobiernos no tienen más remedio que terminar sus labores entregando el poder, generalmente, a corrientes de la oposición que -con suerte- tienen la difícil tarea de enderezar lo retorcido y retomar el rumbo.
Pero, en muchas ocasiones, embelesados y embriagados por las dádivas y la coreografía rimbombante de los halagos y la prepotencia, estos gobiernos también sucumben ante la tentación despótica y tratan, a toda costa, de enquistarse en los palacios, ya sea sobornando o sometiendo.
Método que, por algún tiempo rinde frutos, pero que, a la postre, termina en la misma forma en que han terminado todos ellos : Gadafi, Hussein o Sharma Oli, Jhalanath Khanal y su esposa, Rajyalaxmi Chitrakar, incinerada hace pocas semanas en Nepal.
vicentetorrijos.com

