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Puesto que a la segunda vuelta en Bolivia solo clasificaron dos exponentes de la derecha, lo esencial no es preguntarse por qué ganó esa derecha sino por qué perdió la izquierda.
En tal caso, hay dos tipos de respuestas. El primero, es el de las respuestas coyunturales, las que flotan en la superficie.
Y el segundo es el de las subyacentes, las respuestas estructurales, las de fondo.
Entonces, de acuerdo con las circunstancias de cada país, esta forma de ver el problema puede ser útil para que los lectores de esta columna hagan el ejercicio de mirar hacia atrás, o hacia el futuro inmediato, para explicar por qué caen las izquierdas.
De tal modo, a nivel coyuntural, o como detonante, en Bolivia todo saltaba a la vista.
Primero, la dilapidación, el fracaso energético, de tal manera que el gas, su principal fuente de ingresos, pasó de 60 a 25 millones de metros cúbicos de producción al día en tan solo 10 años.
Luego, el derroche y la corruptela, así que, también en solo 10 años, el país pasó de contar con 15 mil a 2 mil millones de dólares en reservas, viéndose a gatas tanto para sostener el alto volumen de subsidios como para comprar el combustible que nunca ha tenido.
Por ende, la escasez de carburantes, que ha llevado a la parálisis y a tener que recurrir a las criptomonedas con una agricultura devastada y el transporte en ruinas.
En consecuencia, inseguridad alimentaria, precios elevados, y pobreza del 35 %, es decir, el cóctel perfecto propio de un Estado prefallido, o al borde del colapso.
Así, pues, a todos estos factores coyunturales hay que sumarles los estructurales que, como ya se dijo, ayudan a explicar las crisis crónicas, recurrentes, que la izquierda no ha logrado superar cuando ha llegado al poder en América Latina.
Primero, el fratricidio, porque la izquierda parece experta en perseguirse a sí misma : Arce traicionó a Morales ; Morales quiso derrocar a Arce : el Movimiento al Socialismo, con sus elevadas dosis de etnopolítica romántica universal, se esfumó de la noche a la mañana.
Segundo, las patologías del liderazgo, en este caso, la efebofilia de Morales, esto es, su inclinación patológica a solazarse con adolescentes entre 15 y 18 años que lo llevó a una condena de la que solo ha podido escapar refugiándose entre sus comunidades de base.
Tercero, la incapacidad para liberar al país de la llamada maldición de los recursos, esa paradoja que lleva a un Estado exageradamente rico ( en litio y minerales esenciales ) a nadar en la miseria, la polarización, la violencia potencial o manifiesta, y los apetitos sectoriales de poder.
Cuarto, la ineficacia generalizada ( antítesis de las revoluciones eficientes ), sumiendo al país en el caos institucional y burocrático con largas cadenas de corrupción rutinaria que termina siendo normalizada por el endogrupo.
Quinto, la deconstrucción de la utopía y la subsiguiente tentación distópica, pues pulverizando el mito de la sociedad igualitaria pretende perpetuarse en el poder convirtiendo así la ilusión en persecución y en autoajustes constitucionales que solo producen legitimidad inversa.
En resumen, estos no son déficits exclusivos de la izquierda, pues en muchos casos la derecha la supera con sus propias disfunciones.
Pero invitan al debate autocrítico, a pesar de las compulsiones y las autocomplacencias ideológicas y simbólicas con que algunos líderes prefieren navegar, incrementando así la turbulencia social y la desazón administrativa.
vicentetorrijos.com

