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Los grupos armados ilegales y reticulares colombianos no solo son un ejemplo de versatilidad tecnológica.
Curtidos en materia de adaptación estratégica creativa, las Farc y el Eln no solo son expertos en guerra de sistemas no tripulados / autónomos ( drones ).
También son innovadores en materia de reclutamiento digital y fidelidad organizacional con base en la radicalización.
De hecho, Human Rights Watch ha podido constatar que tales grupos han encontrado en las redes sociales ( sobre todo, ahora ) unos aliados formidables e insustituibles.
Por supuesto, desde los años 60, tales agrupaciones, maestras en tácticas terroristas, han ensayado múltiples técnicas de captación de combatientes.
Y lo han hecho en una dimensión multimodal, esto es, explotando todos los métodos y todos los recursos humanos a su alcance.
Incorporación forzosa, colaboracionismo desarmado, informantes, cuello blanco, subversión burguesa, y simpatizantes comprometidos, alternando estímulos positivos y negativos de todo pelambre.
Pero, claro, una de sus prácticas más rentables desde los inicios ha sido la captación de menores ( ¡ de hasta 9, o 10 años ! ).
A esta práctica aberrante la llamaremos ‘pederastia armada’, o sea, el abuso revolucionario basado en una inclinación patológica a convertir en victimarios a los niños que ya son sus víctimas.
Volviendo al punto, HRW ha establecido que, por lo menos 1,500 niños ( ¡ cuatro batallones ! ) han sido asimilados en línea durante los últimos cinco años.
Al amplificar los contenidos de los grupos violentos, Facebook y Tik Tok han pasado a ser catalizadores del proceso sirviendo de trampolín para lograr tanta eficiencia. ¡ Y eso, sin hablar de Google !
Los contenidos, que circulan impunemente bajo el criterio de que tales multinacionales “no son editores”, son demoledores.
Por una parte, van creando una comunidad receptora altamente atractiva, alternativa y desafiante para el resentido o maltratado.
Generan expectativas de cambio vital, de poder históricamente acumulado y de gregarismo revanchista fundado en prácticas destructivas, animadas por la impunidad y el miedo.
Por supuesto, el adoctrinamiento implícito convierte el vacío existencial en un paraíso narrativo exuberante impulsado por los sentimientos de culpa de los sectores dominantes de la sociedad y la indiferencia cómplice en la que se asienta.
Obviamente, se rinde culto a la fuerza, se exalta el terror, se promueve la necrofilia política, se magnifica la violencia, se agiganta al camarada terrorista y se invita a fortalecer la extorsión y el sometimiento redentor.
Pero lo que verdaderamente agrava el problema es la indiferencia de tales plataformas frente a la ‘adicción extremista’.
En respuesta, ellas aducen que han clausurado unos cuantos puñados de cuentas y que manejan protocolos rigurosos para enfrentar el problema.
Pero lo cierto es que más se tardan en cerrar unas ventanas que en reaparecer multiplicadas.
En definitiva, “sus algoritmos parecen promover” el fenómeno ; “fallan en detectar, eliminar y evitar la difusión”, y lo único que han conseguido es descubrir que el frío difiere del calor :
“ … Este es un entorno conflictivo, y a menudo observamos casos de grupos o individuos que adoptan nuevas tácticas para evitar ser detectados y eludir nuestras políticas”.
¡ Lúcido, brillante y deslumbrante, mi querido Watson !

