
Cuide de los pequeños detalles para que el único susto de Halloween sea el disfraz
31 octubre, 2025
Gobierno activa el Puesto de Mando Unificado por la Niñez durante el “Día Dulce”
31 octubre, 2025El fútbol profesional colombiano (FPC), más allá de la emoción que despierta, parece estar habitado por fantasmas que no se cansan de aparecer. Y no hablo precisamente de espectros etéreos o leyendas de camerino, sino de esos males recurrentes que año tras año le roban brillo a nuestro torneo. Cinco de ellos, al menos, se han hecho sentir con fuerza durante el campeonato clausura del 2025: los flojos arbitrajes, la paridad de rendimiento por lo bajo, los desórdenes financieros, los despidos inesperados y los escándalos por indisciplina.
El primero de estos fantasmas —el del arbitraje— sigue recorriendo los estadios del país como un alma en pena. La estadística del Observatorio del Fútbol del Centro Internacional de Estudios del Deporte (CIES) ubica a la liga colombiana como la número uno del mundo en expulsiones. Dos caminos posibles: o tenemos el juego más macabro y sucio del planeta, o el arbitraje más cuestionable. Y aunque ambas opciones son preocupantes, prefiero creer que es la segunda. Sin embargo, lo más alarmante no es solo la cantidad de rojas —el FPC registra un vergonzoso promedio de 0.4 expulsados por encuentro—, sino que estas vienen acompañadas de dobles raseros. La falta de coherencia arbitral se refleja en decisiones contradictorias, como la expulsión de Weimar Asprilla durante el duelo entre Santa Fe y Pereira, que no tuvo castigo similar en una jugada casi idéntica, protagonizada por Diego Novoa en el partido entre Millonarios y Pasto. Un arbitraje que oscila entre la confusión y la falta de criterio no solo distorsiona el juego y erosiona la credibilidad del campeonato, sino que, con cada fallo, alimenta el rumor de un espíritu más: el de los amaños de partidos.
No siempre lo que parece bueno lo es, y este es el caso de nuestro segundo fantasma: la paridad. A primera vista podría sonar como una virtud; al hablar de paridad uno podría imaginar una liga competitiva al estilo de la Premier, donde cualquiera puede ganarle a cualquiera. Pero no. En nuestra realidad, la paridad no surge de la abundancia, sino de la carencia. Basta con ver cómo, a falta de un par de jornadas, Millonarios, América, Santa Fe y Deportivo Cali —los dos grandes de la capital y los dos de la capital del Valle— afrontan sus pesadillas con calculadora en mano, dependiendo de resultados propios y ajenos, luchando desesperadamente por clasificar entre los ocho mejores, sin importar cómo se juegue. Equipos históricos, algunos con nóminas cortas, refuerzos mediocres y rendimientos intermitentes. Una igualdad que no se explica por equilibrio competitivo, sino por la falta de proyectos sólidos, planificación deportiva y coherencia institucional, que hoy tiene a estos cuatro más preocupados por el resultado que por la manera de conseguirlo, algo que no es digno de equipos de esta categoría.
El tercer fantasma es el de los desórdenes financieros y los clubes ahogados en deudas. El caso más reciente y doloroso es el del Deportivo Pereira, que no hace mucho levantó una estrella y firmó una participación destacada en Copa Libertadores, lo que le dejó varios millones de dólares en premios. Sin embargo, su capitán, Carlos Darwin Quintero, denunció la semana pasada que el equipo no pagaba salarios a varios jugadores, e incluso había retraso en pagos de seguridad social. Un recordatorio de que las glorias deportivas, sin gestión administrativa, se esfuman tan rápido como llegan. El Pereira fue campeón, sí, pero también ejemplo de cómo el éxito deportivo no siempre se traduce en estabilidad institucional.
Del mismo modo, como si nos faltara terror, el cuarto fantasma se sienta junto al profe en el banquillo, recordándole permanentemente que la noche puede terminar muy mal. Alexis García en Unión Magdalena; David González en Millonarios FC; Pablo Daniel de Muner en Águilas Doradas; Gabriel Raimondi en América de Cali; Javier Gandolfi en Atlético Nacional… una lista de técnicos que pueden dar fe de su existencia pues salieron de sus equipos antes de que sus proyectos terminaran de tomar forma. Una liga que cambia de entrenador como quien cambia de camiseta no puede hablar de procesos y difícilmente de evolución futbolística.
Aunque no me atrevo a afirmar que es el último, nuestro quinto fantasma es el de la indisciplina, ese que todos conocen, pero pocos se atreven a señalar. Suele esconderse entre rumores que los propios jugadores desmienten, pero que históricamente se sabe que ronda varios camerinos. Casos recientes, como los de Dayro Moreno, en Once Caldas, o Néiser Villarreal e Iván Arboleda en Millonarios FC, quienes fueron apartados de sus grupos por presuntos actos de indisciplina, sugieren que este mal sigue latente.
El antídoto contra estos fantasmas exige un compromiso real, profundo y colectivo. Empieza por las dirigencias, que deben entender que el fútbol no puede ser solo negocio, sino también coherencia, reinversión y respeto por quienes lo sostienen: los hinchas que rompen el marrano para estar, asusten, truene o relampaguee. Pero el cambio no puede detenerse ahí. Jugadores, árbitros, prensa e hinchas también cargan su parte del embrujo. Solo cuando cada uno asuma su rol con responsabilidad, el fútbol colombiano dejará de ser un campo oscuro y volverá a ser lo que todos soñamos: pasión, paz y buen juego.
Ramiro Rueda B.




