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Ahora, el que ha caído es él, pero al haber regresado a su curul como congresista, ha conseguido votar para elegir a su propio sucesor.
De tal modo, y para ser prácticos, Perú, en tanto extraña modalidad de sistema presidencialista, ha tenido un presidente por año durante la última década gracias a las maniobras congresionales.
A esta maravilla de las maravillas seudodemocráticas solo podemos entenderla como ‘parlamentarismo despótico’.
De hecho, esa alternancia presidencial no se relaciona en nada con la voluntad popular y tiene, como la otra cara de la misma moneda, al régimen español.
Porque allá, en el Reino, y valiéndose también de todo tipo de recompensas y premios, Pedro Sánchez ha logrado, a la inversa, mantenerse durante ocho años en el poder, incluso perdiendo las elecciones, por supuesto.
A este otro escenario le llamaremos “parlamentarismo obsecuente”, más por la naturaleza del gobierno que por la del sistema político, aunque, siendo, en el fondo, lo que ya dijimos : la otra cara de la misma moneda.
Como se mencionó, en ambos casos se desconoce la voluntad popular.
En un caso y el otro, el sostenimiento de los gobiernos se basa en concesiones intraparlamentarias ciertamente cuestionadas.
Y el común denominador entre ellos es la tensión, el escándalo, las investigaciones por corrupción y la deteriorada percepción internacional.
Pero, claro, en el caso peruano de presentan algunos agravantes.
La crisis estructural de vieja data tuvo al país al borde del chavismo en el 2011, cuando fue elegido Ollanta Humala.
Situación que, a la postre, se materializó con la llegada al poder de Pedro Castillo en el 2021, aunque solo para corroborar que del parlamentarismo despótico nadie resulta indemne.
Por otra parte, el rechazo popular a esta suerte de ‘gobernabilidad invertida’ es verdaderamente preocupante, llegando en algunas regiones al 90 por ciento.
Semejante caldo de cultivo puede conducir, con mucha facilidad, a cierto tipo de política contenciosa y, por esa vía, al resurgimiento de una violencia terrorista semejante a la de los años 80 y 90.
Por cierto, esa violencia, que nunca ha desaparecido, se manifiesta hoy con particular vehemencia en Loreto, pero también en el valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro, incluyendo áreas críticas en los departamentos de Ayacucho, Cusco, Huancavelica y Junín.
Si bien es cierto que tales violencias ya no logran recibir el aliento de las redes continentales que en su momento las estimulaban, las capacidades endógenas acumuladas son suficientes para generar inestabilidad, confinamientos y toda suerte de modalidades criminales.
En resumen, el Perú es un curioso fenómeno de ‘inestable funcionalidad’ que, rozando la
noción de democracia iliberal, podría desembocar, de un momento a otro, en un escenario aún más explosivo que el que llevó a la prisión al mencionado Castillo.
Sobre todo, si se tiene en cuenta lo que resulta esencial en este panorama sombrío : las pretensiones chinas de controlar el
megapuerto de Chankai, con la aquiescencia de ciertas élites judiciales.
Al fin y al cabo, una de las causas aducidas por el parlamento para desalojar a Jerí consistió, precisamente, en sus tratativas con empresarios de Pekín a las que acudió disfrazado, portando una máscara, al mejor estilo de Halloween made in China.
vicentetorrijos.com

