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31 julio, 2025La mítica emisora cierra su ciclo tras 75 años dedicados a la cultura.
La historia de la HJCK se remonta a 1950, cuando un grupo de intelectuales colombianos fundó una emisora que apostaba por lo que entonces parecía improbable: la difusión exclusiva de cultura, pensamiento crítico y música clásica. Bajo el liderazgo de Álvaro Castaño Castillo, Gloria Valencia de Castaño y Gonzalo Rueda Caro, nació en Bogotá un proyecto radial que asumía como principio ser “una emisora para la inmensa minoría”.
La emisora operó en AM y posteriormente en FM, adaptándose a las exigencias técnicas de cada época sin perder su vocación cultural. Durante sus primeras décadas, fue escenario de entrevistas memorables, transmisiones poéticas y piezas dramatizadas que marcaron el devenir sonoro de Colombia. En sus últimos años, se sostuvo mediante convenios y arrendamientos con empresas como Caracol Radio y Caracol Televisión, hasta que finalmente, el 30 de julio de 2025, se anunció su cierre definitivo de transmisiones en vivo.
El anuncio de cierre fue recibido con estupor en los círculos culturales del país. El mensaje del equipo fue breve, agradecido y simbólico: “Todos los finales también son puentes”. Esta despedida, hecha sin mayor explicación pública, dejó una sensación de vacío entre quienes crecieron, crearon o soñaron al ritmo de sus contenidos.
En el entorno mediático actual, donde lo inmediato prevalece y lo efímero domina, la ausencia de una emisora como HJCK resulta significativa. Su modelo de producción lenta, cuidadosa y reflexiva contrastaba con la dinámica de las redes sociales y los algoritmos. La emisora deja tras de sí más de 30.000 archivos sonoros disponibles en plataformas digitales, pero ya sin el latido en vivo que la caracterizaba.
La HJCK vivió todas las transiciones tecnológicas de la radio: desde la amplitud modulada (AM), pasando por frecuencia modulada (FM), hasta la adaptación a formatos digitales. A lo largo de su existencia, reconfiguró su relación con las audiencias, enfrentando dificultades presupuestales y la falta de respaldo institucional a la cultura.
Más allá del aparato técnico, lo que cambió fue el lenguaje del medio. Mientras la radio tradicional ofrecía espacio a la pausa, a la voz humana y al relato extenso, los nuevos canales privilegian lo breve, lo viral y lo visual. Aun así, la HJCK se sostuvo, reinventando su presencia en internet y redes sociales sin perder el vínculo con su archivo histórico.
La HJCK se convirtió en una memoria activa de la cultura nacional. Voces como las de Jean-Paul Sartre, Álvaro Mutis, María Mercedes Carranza, Beatriz González y Eduardo Carranza pasaron por sus micrófonos. Se transmitieron piezas de radioteatro, recitales de poesía y entrevistas con pensadores que dejaron huella sonora en los oyentes.
Este archivo se convirtió en refugio para quienes buscaban sentido en un entorno ruidoso. Tal como lo describía uno de sus fundadores, la cultura debía ser parte del alma cotidiana, no un privilegio lejano. La HJCK cultivó esa convicción durante 75 años, contra todo pronóstico económico.
Mientras la HJCK apaga sus micrófonos, Colmundo Radio sigue transmitiendo desde el AM. Con casi 36 años de vida, esta emisora ha asumido la misma lucha: educar, informar y entretener. Desde su frecuencia en el espectro más olvidado del dial, continuamos apostando por contenidos reflexivos y por la palabra como herramienta de transformación.
Ambas emisoras, en sus caminos distintos, comparten una ética: la radio como vehículo de memoria y pensamiento. La persistencia de Colmundo es un recordatorio de que aún hay lugar para la pausa en medio del vértigo informativo.
La despedida de la HJCK no es meramente el cierre de una emisora más. Es la clausura de una forma de entender la cultura como bien común. En un mundo marcado por la fugacidad, la pérdida de estos espacios implica una disolución de la memoria colectiva. Pero también es una oportunidad para los nuevos medios y públicos jóvenes.
En los trinos de despedida y los testimonios recogidos se insiste en una idea: “ojalá la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías comprendan la necesidad de mantener el acervo cultural”. La cultura no debería ser mirada con desdén, sino entendida como refugio emocional en tiempos caóticos.
La permanencia digital de sus archivos, junto con el recuerdo visceral de quienes participaron en su historia, puede permitir que este legado no se desvanezca como “cuando sacude uno un trapo lleno de polvo”, como lo expresó Pilar Castaño. A pesar del silencio, quedan las voces. Y en ellas, una invitación permanente a cuidar la memoria.
Juan Joya




