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En esta semana, dos ataques terroristas muestran la bajeza pero también la grandeza de algunos seres humanos.
En la Universidad Brown, de Estados Unidos, un sujeto que, al parecer, conocía bien las instalaciones, sigue, o seguía prófugo tras disparar contra estudiantes indefensos.
A pesar de que las grabaciones de las cámaras de seguridad permiten pensar que sería muy fácil para la gente del campus colaborar con la policía, la información obtenida había sido prácticamente inexistente.
Una actitud vergonzosa que solo puede interpretarse como cobardía, complicidad o banalización del terror.
Por otra parte, en el atentado antijudío de la playa de Sidney, en Australia, un hombre sencillo, sin formación en seguridad, se convierte en héroe.
En vez de dar alaridos y correr por su vida, se guarece tras un automóvil, evalúa los movimientos de uno de los antisemitas y, justo en el momento oportuno, lo neutraliza, lo desarma.
Así que, frente a la antedicha banalización del horror, se erige la propensión al heroísmo, la santidad y la compasión combativa.
Dos escenarios que, en todo caso, sirven para ejemplificar lo peor y lo mejor de la naturaleza humana.
Así que en esa tensión extrema que se presenta entre los seres humanos de todas las épocas, solo puede llegarse a una conclusión contundente.
El poder y la fuerza salvadora del altruismo y el coraje siempre han vencido a la ruindad del sedicioso, del criminal y del terrorista.
Y, por extensión, también han derrotado a la complicidad permisiva del temeroso y del retraído.
Sujetos que, paralizados por el pánico, solo se refugian en sí mismos, temblorosos, gimoteando, preocupados tan solo por su propio pellejo e ilusionados por gozar al día siguiente de la paz, la concordia y la bondad perpetuas.

