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6 noviembre, 2025Las elecciones del 4 de noviembre dejaron algo más que simples victorias demócratas en Virginia, New Jersey y Nueva York: marcaron una advertencia temprana a Donald Trump sobre los límites de su proyecto político y el hartazgo del votante con su estilo de gobierno. En un país que hace apenas un año volvió a teñirse de rojo, el azul ha vuelto a brillar en territorios clave con un mensaje nítido: la economía, el costo de vida y la sensación de que “algo tiene que cambiar” vuelven a dominar el debate público.
Un año después de su regreso a la Casa Blanca, Trump enfrenta un giro de humor político que no esperaba. En Virginia, Abigail Spanberger se impuso con autoridad sobre la republicana Winsome Earle-Sears, convirtiéndose en la primera mujer gobernadora del estado. En New Jersey, Mikie Sherrill derrotó al trumpista Jack Ciattarelli, mientras que en Nueva York, el socialista Zohran Mamdani, de 34 años, logró lo impensable: arrebatarle la alcaldía a un candidato apadrinado por el propio Trump. Ni las amenazas de recortes federales ni el tono beligerante surtieron efecto.
El votante, cansado del ruido, ha hablado. Spanberger y Sherrill representan el ala moderada demócrata, ambas con discursos de “asequibilidad” y estabilidad. Mamdani, por su parte, simboliza la fuerza del progresismo urbano y la necesidad de “hacer que la vida sea menos costosa”. Tres estilos distintos con un mismo mensaje: el bolsillo importa más que la ideología.
La sorpresa californiana también fue decisiva. Con la aprobación de la Proposición 50, los votantes avalaron redibujar los distritos congresionales, allanando el camino para que los demócratas ganen terreno en las elecciones legislativas de 2026. Un golpe quirúrgico que, en la práctica, puede restarle control al trumpismo en la Cámara de Representantes.
Pero detrás de los titulares hay un malestar económico persistente. La inflación interanual del 3%, el ‘shutdown’ más largo en la historia del país y una política arancelaria que encarece la canasta familiar son factores que golpean la base social que llevó a Trump de nuevo al poder. “El Partido Republicano, que abanderó la causa del costo de vida hace un año, la abandonó ahora para centrarse en la agenda maximalista del presidente”, señala el analista internacional Marco Frieri.
Trump, fiel a su estilo, culpó a otros por la derrota. En redes sociales aseguró que “no haber estado en las papeletas y el ‘shutdown’ fueron las causas del fracaso electoral”. Sin embargo, los estrategas saben que el problema va más allá: la clase media siente que el gobierno no resuelve sus problemas. “La gente busca asequibilidad”, sentencia el consultor político Luis Montes desde Nueva York.
Los datos respaldan esa lectura. Según una encuesta de Associated Press, el 50% de los votantes en Virginia priorizaron la economía sobre la inmigración o la educación. En New Jersey, un tercio votó con la inflación y los impuestos como preocupación principal. Las guerras culturales, la retórica antiinmigrante o la “defensa nacional” —banderas de Trump— pierden fuerza frente a la factura del supermercado.
Aun así, no hubo terremoto político. Como bien advierte el politólogo Rafael Piñeros, estos comicios “fueron celebrados en territorios de mayoría demócrata”, lo que limita su impacto estructural. Pero eso no anula su lectura simbólica: el voto urbano y suburbano ha empezado a castigar el exceso de poder del Ejecutivo y el desgaste que implica un presidente más concentrado en la confrontación que en la gestión.
La advertencia más clara, sin embargo, viene del voto femenino. Según el analista Rodrigo Balvanera, “las mujeres jóvenes votaron hasta en un 80% por los demócratas”, desplazando la estrategia de Trump de seducir a los hombres jóvenes con discursos de fuerza y patriotismo. En política estadounidense, eso equivale a un terremoto silencioso: las mujeres son las que más votan, y están girando a la izquierda.
A nivel institucional, los demócratas huelen oportunidad. La bandera del costo de vida, que perdieron con Biden, vuelve a ondear en su favor. Figuras como Gavin Newsom en California y Zohran Mamdani en Nueva York apuntalan dos almas de un mismo partido: la institucional y la progresista. Ambas necesarias si quieren reconstruir una narrativa que les devuelva poder legislativo y cohesión de cara a 2028.
“El partido no necesita aún una figura nacional, sí para 2028. Pero dos años en política son una eternidad”, recuerda Montes. Y tiene razón. En este momento, lo importante no es el rostro sino el relato: mostrar que los demócratas pueden ser la opción económica de las mayorías.
De cara a las ‘midterms’ de 2026, Trump se enfrenta al mayor riesgo de su segundo mandato: perder el control del Congreso. La historia no está de su lado. Todos los presidentes de EE. UU. desde la Segunda Guerra Mundial —salvo contadas excepciones— han sufrido reveses en sus elecciones de medio término. Y con un 56% de desaprobación durante el cierre de gobierno, el magnate no parece romper la tendencia.
Los republicanos mantienen el control de ambas cámaras, pero sus mayorías son frágiles. Las divisiones internas entre trumpistas radicales y moderados podrían abrir espacio para un cambio de poder. Los demócratas lo saben: si recuperan una sola cámara, podrán bloquear la agenda migratoria, los recortes sociales y las reformas presupuestales del presidente.
Al final, más allá del color político, el voto del 4 de noviembre fue un recordatorio incómodo: ningún líder puede sostener un país únicamente con ruido y confrontación. En la democracia más poderosa del mundo, el bolsillo sigue siendo el árbitro más implacable. Y esta vez, parece haberle mostrado a Trump que ni siquiera su marca personal es inmune al cansancio de los votantes.
El verdadero termómetro llegará en noviembre de 2026. Pero, por ahora, las urnas han hablado. Y lo que dicen no le gusta a Trump.
Humberto ‘Toto’ Torres




