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25 octubre, 2025En el fútbol colombiano hay una palabra que nos cuesta pronunciar: fracaso. La evitamos, la disfrazamos, la suavizamos. Preferimos hablar de “procesos”, “aprendizajes” o “buenas sensaciones”, como si reconocer que algo no salió bien fuera un pecado. Pero el fútbol, como la vida, también se trata de perder. Y cuando perder duele, cuando de verdad se siente como un fracaso, es cuando empieza la transformación.
La semana pasada, la Selección colombiana de fútbol Sub-20 quedó eliminada en semifinales del Mundial ante Argentina. Fue un torneo brillante, con actuaciones destacadas, goles que hicieron ilusionar a un país entero y un grupo de jugadores que demostraron talento, carácter y hambre. Sin embargo, mientras periodistas, hinchas y opinadores discutíamos acaloradamente en distintos espacios si aquello podía llamarse o no un fracaso, César Torres, el técnico, zanjó el debate con una sola palabra: “fracasamos”. Así, sin rodeos. Dijo que llegar a semifinales era motivo de orgullo, sí, pero también que el objetivo era ganar la Copa del Mundo. Y ahí estuvo el punto: no haberlo logrado era, sencillamente, fracasar. Lo dijo aun sabiendo que días después, tal y como ocurrió, el equipo podía volver a casa con un bronce, y eso, lejos de sonar pesimista, es hermoso. No por despreciar la medalla, sino porque demuestra que este equipo no se conforma. Que entiende que la exigencia también es una forma de amor.
A mí, personalmente, me genera ilusión escuchar a un técnico hablar así. Porque sé que esos pelados, los mismos que hoy lloran, los que sienten que se les fue el sueño de las manos, están recibiendo un mensaje que vale más que cualquier medalla: que no está mal sentirse mal. Que se vale la tristeza, la decepción, incluso la rabia. Que asumir el fracaso no es rendirse, sino reconocer el punto de partida para ser mejores. Eso es formación. No la que se mide en resultados, sino la que moldea el carácter. Si todos los que rodean el fútbol colombiano, periodistas, directivos, hinchas, jugadores, entendiéramos eso, probablemente dejaríamos de tenerle tanto miedo a la autocrítica. Porque solo cuando se llama al fracaso por su nombre se puede empezar a construir el éxito de verdad.
Torres no habló desde la derrota, habló desde la convicción. Dijo “fracasamos” no para señalar, sino para comprometerse. Y ese gesto, por pequeño que parezca, puede marcar una generación. Porque cuando un líder se atreve a decir lo que muchos callan, enseña a sus jugadores a mirar el juego de frente, sin excusas ni consuelos vacíos. El bronce pudo llegar, y fue merecido, pero el verdadero triunfo ya estaba: tener un cuerpo técnico que no teme hablar de lo que otros prefieren esconder. Esos son los mensajes que construyen futuros campeones.
No hay que consolarse todavía. Amamos tanto esta selección que el consuelo llegará solo con la copa. De lo contrario, la espinita debe seguir ahí, recordándonos lo cerca que estuvimos y lo mucho que falta. Que duela está bien. Que incomode, mejor aún. Porque la incomodidad nos hace movernos, nos hace actuar, nos saca de la mentira amable del “no fracasamos”. Y cuando aprendamos a convivir con esa incomodidad, ese día, estoy seguro, Colombia no solo dejará de temerle al fracaso: empezará, por fin, a ganarle.
Ramiro Rueda B.




