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8 noviembre, 2025La X Cumbre de las Américas en Santo Domingo quedará marcada en los anales de la diplomacia regional no por sus logros, sino por su estrepitoso fracaso. Lo que pretendía ser un foro de diálogo y convocatoria amplia se convirtió en el síntoma más evidente de una hemisferio fracturado y de la pérdida de influencia de su anfitrión tradicional, Estados Unidos. El resultado no fue fruto de la casualidad, sino la consecuencia directa de una serie de errores estratégicos y un contexto geopolítico adverso.
La primera y más determinante razón fue la deliberada exclusión de Venezuela, Cuba y Nicaragua. Esta medida, aplicada por República Dominicana con el supuesto objetivo de favorecer una mayor convocatoria, tuvo un efecto diametralmente opuesto. La exclusión fue interpretada de forma unánime como una imposición directa de Estados Unidos, generando un rechazo inmediato que incluyó a más de 30 partidos políticos dominicanos, al ALBA-TCP y al gobierno de Cuba. Este movimiento, lejos de aislar a los gobiernos disidentes, les otorgó una victoria diplomática y consolidó un frente de oposición a la cumbre.
El descalabro se hizo inminente con las cruciales ausencias de alto nivel. La decisión del presidente colombiano, Gustavo Petro, y de la presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, de no asistir confirmó un clima de profunda fractura regional. Sin embargo, la desafección no se limitó a estos emblemáticos mandatarios. Fuentes cercanas a la organización revelaron que, a falta de un mes, numerosas delegaciones ni siquiera habían confirmado su asistencia formal, un indicador claro del poco interés y la desconfianza que generaba el evento.
El escenario elegido para la cumbre se convirtió en otro factor en su contra. Con el Caribe militarizado, celebrar una cumbre en Santo Domingo, cerca del área de operaciones navales estadounidenses, generó una enorme incomodidad entre los diplomáticos invitados. Un funcionario dominicano, bajo condición de anonimato, lo resumió con una frase contundente: “No había garantías de seguridad ni de neutralidad política”. La isla, lejos de ser un espacio de diálogo, se sentía en el “centro de la tormenta” geopolítica.
Esta percepción no era infundada. La apuesta inequívoca de los países caribeños por preservar la paz chocó frontalmente con la amenaza militar de Estados Unidos. Frente al masivo despliegue naval estadounidense, el CARICOM, junto a Jamaica, San Cristóbal y Nieves, San Vicente y las Granadinas y Barbados, pidieron explícitamente la retirada de las fuerzas militares y reafirmaron su llamado a mantener al Caribe como una zona de paz. La cumbre no podía ignorar esta contradicción fundamental.
En el centro de este laberinto se encontraba la Organización de Estados Americanos (OEA). La OEA, un actor percibido como tutelado por Estados Unidos, ya carece de la credibilidad necesaria para promover un diálogo multilateral genuino. Su histórica falta de neutralidad ha minado por completo su capacidad de convocatoria y su legitimidad para mediar en las diferencias entre las naciones.
La prueba más evidente de que la agenda de la OEA sigue subordinada a los intereses de Washington es que la movilización de tropas en el Caribe ni siquiera ha sido motivo de debate en su Consejo Permanente. La ironía es que este órgano opera desde Washington. La idea de una Cumbre de las Américas sin Venezuela, Cuba y Nicaragua, promovida por esta visión anquilosada, le salió mal a la OEA y a Estados Unidos, dejando en claro que el nuevo mapa político de América Latina ya no acepta exclusiones ni tutelajes. El futuro del diálogo interamericano exige un nuevo capítulo, con reglas diferentes y actores más respetuosos de la soberanía plural de la región.
Humberto ‘Toto’ Torres




