
Sondra Macollins: la aspirante a la Casa de Nariño que propone eliminar gobernaciones y apuesta por un “Estado digital”
24 marzo, 2026
“Hay que revisar en qué fallamos”: gobernador Molina advierte fallas estructurales tras tragedia aérea en Putumayo
24 marzo, 2026¿Qué define hoy en día a un locutor: la técnica, el medio o la audiencia?
Cada 24 de marzo Colombia celebra el Día Nacional del Locutor, una fecha que enlaza tradición religiosa, historia de la radio y evolución normativa del oficio, teniendo la voz como su principal herramienta: en cabinas de radio tradicional, estudios, plataformas digitales, doblajes, pódcast y transmisiones en vivo. La fecha, como suele recordarse, tiene un origen simbólico en la tradición católica: San Gabriel Arcángel, el mensajero que anunció a María el nacimiento de Jesús, fue adoptado como figura representativa del oficio, una especie de primer narrador de una noticia que cambiaría la historia.
Pero si el mito aporta sentido, la práctica cuenta otra historia. En Colombia, la locución nació y creció de la mano de la radio, sí, pero nunca se quedó allí. Desde finales de los años 20, cuando aparecieron las primeras emisoras, la voz empezó a construir audiencias, informar, entretener y acompañar. Con el tiempo, ese oficio se diversificó: la locución comercial, institucional, narrativa y artística fue ganando terreno más allá del dial. Hoy, quien locuta no necesariamente está en una emisora; puede estar grabando un pódcast, haciendo doblaje, narrando contenidos digitales o produciendo piezas para redes.
Hubo un tiempo, sin embargo, en que esa voz estaba controlada. Durante buena parte del siglo XX, el Estado colombiano exigió licencia para ejercer la locución. No importaba si era en radio o en otros formatos emergentes de la época: hablar públicamente requería autorización. Para obtenerla, los interesados debían pasar exámenes de dicción, gramática, lectura y cultura general, además de cumplir requisitos como certificados de estudio, buena conducta y condiciones de salud. La idea era garantizar calidad, pero también mantener cierto control sobre lo que se decía.
Ese control se hizo más evidente en momentos de tensión política. En los años cuarenta y cincuenta, la regulación de la locución se endureció en medio de la violencia y la polarización. Hubo cancelaciones masivas de licencias, censura de programas y vigilancia directa sobre los contenidos. La voz, en ese contexto, no era solo un medio de comunicación: era también un instrumento de poder. Y la licencia, más que un requisito técnico, funcionaba como filtro.
El modelo empezó a cambiar con el paso del tiempo y terminó por desmontarse con la Constitución de 1991. Con el fortalecimiento de la libertad de expresión, se eliminó la exigencia de licencias obligatorias. Desde entonces, la locución dejó de depender de un permiso estatal y se abrió a cualquier persona con la capacidad de comunicar. Ese cambio coincidió, además, con una transformación tecnológica que terminaría de romper los límites del oficio: la llegada de internet, los contenidos bajo demanda y las nuevas plataformas.
Hoy, cuando la locución vive en múltiples formatos y ya no pertenece exclusivamente a la radio, la idea de volver a exigir una licencia genera más preguntas que certezas. En un ecosistema donde cualquiera puede crear y difundir contenido, reinstaurar un control previo resultaría difícil de aplicar y, sobre todo, tensionaría el principio de libertad de expresión. Sin embargo, la preocupación por la calidad, el rigor y la responsabilidad sigue vigente.
Más que volver al modelo de licencias, la discusión parece desplazarse hacia otros terrenos: la formación, la autorregulación y los estándares profesionales en un mundo donde la voz sigue teniendo impacto, pero ya no reconoce fronteras. En ese escenario, el locutor de hoy se parece menos al funcionario autorizado de antaño y más a un creador que se construye en la práctica, frente a audiencias cada vez más diversas. Ahora bien, la gran pregunta ya no es quién tiene permiso para hablar, sino quién logra ser escuchado.
Juan Joya




