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Este 24 de febrero de 2026 se cumplen cuatro años desde el inicio de la invasión rusa a Ucrania, un conflicto que se ha transformado en el más prolongado y devastador en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. Lo que Moscú presentó como una “operación especial” destinada a durar apenas dos semanas derivó en una guerra de desgaste que ha redefinido la seguridad continental y la política internacional.
En términos de duración y actividad militar, el conflicto acumula 1.461 días de combates, equivalentes a más de 35.000 horas de alertas aéreas y bombardeos. La ofensiva rusa, que se esperaba resolver en menos de tres semanas, se convirtió en una confrontación sostenida con frentes estáticos y un costo humano y material que supera cualquier proyección inicial. “Putin no logró sus objetivos, no quebró a los ucranianos”, afirmó el presidente Volodímir Zelenski, resaltando la resistencia de su país ante la presión militar rusa.
El fracaso de la denominada “Operación Relámpago” quedó claro desde los primeros días. El asalto al aeropuerto de Hostomel, clave para un puente aéreo hacia Kyiv, fue repelido por las fuerzas ucranianas, que destruyeron la pista y obligaron a Rusia a avanzar por tierra en un convoy de 60 kilómetros que quedó bloqueado. La expectativa de tomar la capital en 72 horas nunca se cumplió; cuatro años después, Kyiv sigue bajo control ucraniano y simboliza la resistencia nacional.
Las consecuencias humanas son significativas. Según estimaciones internacionales, el conflicto ha dejado cerca de 1,8 millones de bajas militares combinadas, incluyendo aproximadamente 55.000 soldados ucranianos muertos. Entre la población civil, se reportan alrededor de 15.000 víctimas fatales y 5,9 millones de desplazados dentro y fuera del país, cifras que reflejan el alto costo social y humanitario de un conflicto prolongado y sin solución a corto plazo.
Los errores de cálculo de Moscú fueron evidentes. El ejército ruso subestimó la preparación y capacidad de resistencia de Ucrania, fortalecida desde 2014 con entrenamiento y apoyo internacional. La logística rusa colapsó en los primeros días, con tanques sin combustible y unidades sin suministros, mientras Occidente mantuvo un flujo constante de inteligencia y armamento, incluidos sistemas HIMARS, Patriot y cazas F-16, que prolongaron la capacidad defensiva de Kyiv mucho más allá de lo previsto.
A partir del día 100, la guerra adoptó características de un conflicto de trincheras: combates prolongados en ciudades como Bajmut y Avdiivka, ofensivas limitadas y un desgaste mutuo evidente. La confrontación dejó de ser un enfrentamiento rápido para convertirse en una guerra de posiciones, con un alto costo humano y material en ambos bandos. Cuatro años después, Rusia controla parcialmente territorio ucraniano, pero no logró quebrar la voluntad política ni militar de Kyiv, mientras Ucrania consolidó su identidad nacional y su acercamiento a Occidente, aunque a un precio enorme.
Juan Joya




