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Muchos desempeños dependen del carisma, incluidas las campañas presidenciales.
Reflejado en dones y capacidades que permiten atraer, impulsar y transformar, el carisma también se traduce en votos.
Por supuesto, no todo voto se enfoca en el carisma pues hay sistemas políticos indirectos, o listas cerradas, en las que esa atracción carece de máxima importancia.
Pero cuando las contiendas se deciden frente a frente, uno a uno, como en los balotajes o segunda vuelta, buena parte del voto depende de esa colección de mecanismos persuasivos.
Muchas candidaturas fallidas han tenido que ver con déficits de atracción.
Otras han logrado superar esas deficiencias y, tras varios fracasos, se han convertido en procesos legendarios por su longevidad en el poder.
Asimismo, algunos proyectos han sido altamente atractivos desde su inicio y han perdurado largo tiempo como modelos de gobernabilidad armoniosa, aunque no siempre triunfante.
Así que, al filtrar los múltiples escenarios, las fórmulas se reducen a dos etiquetas : « se tiene », o « no se tiene » carisma.
Usualmente, tener carisma se asocia a proactividad, energía, entusiasmo, intensidad y dinamismo.
En cambio, la presunta falta de carisma se identifica con retraimiento, timidez, cohibición, quietismo e inhibición.
Sin embargo, la historia está repleta de rasgos basados en la inhibición que han sido asombrosamente inspiradores, innovadores y refundadores.
De tal modo, es probable que la falta de carisma no exista. Lo importante, más bien, sería tratar de encontrar cuál es el tipo de carisma del que goza un líder en el marco de unas condiciones históricas específicas.
Muchos héroes, por ejemplo, jamás quisieron serlo, pero dadas las circunstancias, su reticencia terminó aglutinando procesos muy complejos de cambio social tanto internos como externos.
Entonces, ¿ un dirigente ensimismado, parsimonioso y pasivo puede llegar a generar la suficiente confianza, solidez y convicción como para llegar al poder y alcanzar grados de gobernabilidad altamente sostenible ?
Para poner casos concretos, ¿ un candidato presidencial que no sea muy locuaz, que tienda a ser lacónico y reservado, reflexivo y pensativo, cuyo histrionismo no vaya muy lejos y que prefiera el reposo y el aplomo, podría sobrepasar a un líder desbordante y avasallador ?
Puesto que, en muchas ocasiones, el encanto y la pasión no residen en lo explosivo y lo impulsivo sino en la sensatez o la mesura, un candidato que no emplace, que no confronte, que no agreda, o que no arrase, puede ser mejor valorado y resultar victorioso aunque la situación política pareciese sugerir justamente lo contrario.
Por otra parte, lo que sucede es que, si bien la inhibición puede tener sus ventajas, llega el momento en que un candidato necesita inyectar en el ambiente dosis muy certeras de perspicacia, empatía y eficacia sin las que, cualquier modelo carismático podría irse al traste.
En pocas palabras, lo más probable es que en los primeros momentos de una campaña, un carisma reflexivo e intimista pueda resultar llamativo y confiable, sobre todo si se da en el marco de sociedades altamente polarizadas y fracturadas.
Pero, a la larga, ese proyecto podría terminar consumido por la apatía, la astenia, la abulia y la atonía, de tal forma que, en vez de impulsar, deprima ; y en vez de conducir a la victoria, acabe marchitado en el sendero.
vicentetorrijos.com

