Sin dinero para adquirirlas, las pocas dosis que han llegado al continente son donaciones.
Unas, mediante el mecanismo multilateral Covax, gerenciado por la OMS.
Las otras, bilateralmente, en el marco de una diplomacia vacunal de poca monta.
De poca monta tanto en un caso como en el otro porque se trata de mendrugos.
Se trata de vacunas sobrantes de los países industrializados que están a punto de vencerse.
Llegan a los países africanos pero no hay energía eléctrica permanente para mantenerlas.
Tampoco hay manera de hacerlas llegar a lugares recónditos, ni hay quien las transporte.
En otras palabras, un verdadero desastre bajo el engañoso rótulo de cooperación internacional.
Esta ruta al basurero se liga al escepticismo y las supersticiones que allá, como acá, también pululan.
Pero los africanos antivacuna se encuentran en el paraíso.
Tarde o temprano, aquí los rebeldes serán obligados a vacunarse por decreto, o como requisito para viajar y socializar.
En cambio, allá no tiene sentido obligar a nadie porque toda obligatoriedad supone un compromiso.
Además, África es un verdadero misterio epidemiológico.
Después de dos años, el virus no ha causado el impacto catastrófico que se temía.
Ciudades populosas, pobreza extrema e infraestructura sanitaria deprimente, eran el perfecto caldo de cultivo.
Pero no ha sido así, y los virólogos siguen tratando de hallar la explicación.
Al principio, creyeron que era el clima húmedo tropical y que el virus se debilitaba con el calor extremo.
Luego, pensaron que era cuestión de escasa interdependencia y movilidad, pero solo se trataba de prejuicios.
Por último, y de forma más plausible, han llegado a pensar que África es mucho más creativa de lo que habían imaginado.
Probablemente, al haber estado sometidos a sucesivas epidemias, los africanos han desarrollado inmunidades especiales.
Pero también se han dotado de mecanismos de apoyo comunitario y han aprendido mucho sobre la sociología del cuidado colectivo.
Como sea, muchos de ellos coligen que, aunque se facilitase, vacunarse resulta irrelevante.
En consecuencia, los africanos vacunados apenas llegan al 10 por ciento y no parecen muy deseosos de ampliar esa cifra.
De momento, esta anestesia regional les permite a los países más pudientes desarrollar sus planes de vacunación de refuerzo sin mayor sentimiento de culpa.
Pero en cualquier instante la situación puede cambiar y el verdadero problema saldría a flote.
El verdadero problema es el que puso de presente el gobierno canadiense hace pocos días cuando donó miles de dosis de AstraZéneca a Colombia.
De nada sirve que los países ricos estén inmaculadamente vacunados si la gente de los países con los que más interactúan no lo está.
El virus penetra a los no vacunados, aprende, muta y se sofistica : se hace más rápido, mas letal, más evasivo.
Muchas variantes podrían surgir y los esfuerzos científicos de los países más pudientes y sus farmacéuticas podrían resultar estériles.
En conclusión, la paradoja queda clara : de nada sirve que un país sea excesivamente poderoso si no logra horizontalizar ese poder.
En términos militares, es lo mismo que les sucedió a los franceses y norteamericanos en la península indochina y, muy recientemente, en Afganistán.
A pesar de contar con el armamento nuclear más destructivo del universo, fueron derrotados por unas guerrillas de descamisados.
O sea, que ha llegado el momento de ‘cardinalizar’ el poder, los recursos y la riqueza.
De lo contrario, ¿ qué sentido pueden tener ese poder, esos recursos y esa riqueza … ¡ si no pueden ser usados ! ?
vicentetorrijos.com