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Ahora que Colombia tendrá embajada en Jerusalén bien vale recordar a Viktor Frankl.
Psiquiatra austríaco que, por ser judío, padeció los campos de concentración, enseñó que lo importante en la vida era hallarle un sentido.
En concordancia con Álvaro Gómez Hurtado, esa búsqueda de sentido es la misión que los países tienen.
Explorar lo fundamental para lograr acuerdos y fijarle un propósito a la misión de gobernar : darle, en suma, un significado vital a la política.
Cuando los pueblos han caído en un vacío existencial producido por los desgobiernos, se afianza una voluntad de sentido que conduce a la liberación, a superar la horrible noche.
Ese vacío tiene manifestaciones concretas : apatía, porque impera el desconcierto, la corrupción y el caos.
Desánimo, porque la autoridad se descompone en múltiples polos de poder armado que ejercen su dominio regional sobre la población sometida al terror.
Y desorientación, por cuanto se pierde el rumbo, se busca el triunfo del mal sobre el bien y el relajamiento moral invade la vida pública.
Sin embargo, la libertad de elegir siempre es más fuerte y, por penosas que sean las circunstancias, tarde o temprano las sociedades se levantan contra la perversión.
De tal forma, descubrir el sentido de la vida se convierte en la principal tarea para regenerar, reconstruir y sobresalir.
Semejante tarea no es fortuita, ni se inventa, ni es el fruto de voluntarismos.
Hallarle sentido al rescate es una misión exploratoria de alta complejidad resiliente que se vale de tres opciones que, en sus esfuerzos terapéuticos, Frankl pudo sistematizar pacientemente.
Mediante los valores creativos, diríamos que las sociedades emprenden un trabajo para restaurar su esencia y recuperar la libertad pérdida en manos de los rufianes.
Mediante los valores vivenciales, los pueblos recuperan su dignidad, ultrajada por oprobios, desmanes, o gobiernos viciosos y gangsteriles, impulsados por resentimientos, culto a la fuerza y toda suerte de complicidades,
Y mediante los valores actitudinales, las comunidades rescatan la seguridad arrebatada y se apropian de ella valorando el monopolio legítimo de la fuerza para enfrentar decisivamente a quienes pretenden incendiar la convivencia al venerar la violencia callejera.
Entonces, ‘la sociedad en busca de sentido’ puede llenar libre y firmemente los vacíos existenciales a que las hayan sometido los decadentes.
Pero también está en la obligación de vigilar, controlar, limitar y exigir eficiencia, decoro y respeto a quienes emprenden la función restauradora para que esa búsqueda de sentido no se convierta en vulgar mesianismo animado tan solo por quienes se creen iluminados redentores.
Delicado balance para el que se requiere buen juicio, serenidad y fortaleza. Pero, ante todo, irreductible firmeza para que cuatro años de gobierno no se conviertan en la antesala de nuevas tempestades y anarquías.

