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Está claro que, 15 días después de haber sido ejecutada, la operación Furia Épica ya se encuentra inscrita en la antología de los fenómenos estratégicos contundentes.
Por supuesto, un muy buen indicador de logro de esa operación sería instalar en Teherán un gobierno al estilo Caracas.
Obviamente, EEUU e Israel han venido explorando varias alternativas al respecto : unas desde adentro ; otras, desde el exterior ; y otras a partir del propio régimen, como sucedió con la Dulce Delcy.
Y sin embargo, el factor decisivo de la victoria no reside en esa transición, por muy parecida que sea a la de Roma, Berlín o, sobre todo, a la de Tokyo, tras la Segunda Guerra.
Reside en algo muy similar a lo que llamaremos ‘modelo del Pacto de Varsovia’.
Durante varias décadas, los países de la Europa del Este se vieron sometidos a la Doctrina Breznev, desde Moscú, como centro del imperio soviético.
Si alguno de ellos, como integrantes del antedicho Pacto, pretendía desligarse, era automáticamente reconducido por las tropas rusas y por sus propios hermanos socialistas.
De tal manera, tanto paradójica como progresivamente, todos ellos fueron entendiendo que sus verdaderos enemigos no estaban en Washington sino en el propio Kremlin.
Precisamente por eso, el derrumbamiento del muro de Berlín fue un acto liberador que los llevó, unánime e instantáneamente a vincularse a la Alianza Atlántica, liderada por los Estados Unidos, olvidándose para siempre de Moscú.
Semejante traslación estratégica, como ninguna en la historia, fue el verdadero factor explicativo de la derrota rusa y de la victoria Occidental.
En resumen, los hermanos socialistas condenaron a Moscú al ostracismo y reeditaron su destino pasando a hacer parte esencial de una OTAN robusta, próspera y solidaria, en tanto que el Kremlin no tuvo más remedio que dedicarse a liderar un adefesio : el TOSC, del que casi nadie sabe nada, y que a casi nadie le importa.
Por analogía, lo mismo está sucediendo en Medio Oriente.
Primero, los acuerdos de Abraham, mediados con filigrana por el primer gobierno Trump, cambiaron todo el escenario regional consiguiendo que, junto a Egipto y Jordania, otros países adversarios de Israel se asociaran también con Jerusalén en un experimento avanzado de seguridad e innovación compartidas.
Tras los ataques terroristas de Hamás, del 7-O-23, tales acuerdos pasaron a ser la piedra angular para que los demás países y
hermanos musulmanes, árabes o no, entendieran que el verdadero foco de violencia y opresión no era Jerusalén sino Teherán en su triple rol de líder del Eje de la Resistencia, promotor del terrorismo y aspirante a hegemón mediante la propagación de inestabilidad y desazón.
Como puede colegirse, Irán fue progresivamente identificado por los demás musulmanes como el Moscú represivo de los países del Este durante la Guerra Fría, en tanto que Washington e Israel pasaron a ser sinónimos de confiabilidad, contención y disuasión.
De hecho, el punto culminante de esa traslación estratégica, como pocas ha habido en la historia, fue la Resolución 2803 emanada del Consejo de Seguridad de la ONU el pasado 17 de noviembre.
Al adoptar plenamente el Plan de Paz del presidente Trump para Gaza, sin el veto de Pekín y Moscú, la 2803 transformó por completo el conflicto palestino-israelí, se convirtió en la versión 2.0 de los Acuerdos de Abraham, y pasó a ser el centro de legitimidad de las actuales operaciones combinadas León Rugiente ( Israel ) y Furia Épica ( EEUU ) con las que se dio de baja al ayatolá Alí Jamenei.
Y así como la Doctrina Breznev prosternaba a los países de la Cortina de Hierro ante el despotismo moscovita, la Guardia Revolucionaria Persa respondió a la iniciativa estratégica de Washington y Jerusalén bombardeando a sus propios hermanos de Bahréin, Qatar, Omán, o los Emiratos Árabes Unidos.
De tal modo, confinar a Teherán al ostracismo en que se encuentra ahora ha sido ese acto liberador que, en su momento, condujo a los miembros del Pacto de Varsovia a proscribir al Kremlin : los hutíes de Yemen, el Hizbolá del Líbano y el Hamás de Palestina son hoy los parias regionales, esto es, las marionetas rotas del fallido expansionismo chiíta.
En ese sentido, ni Israel, ni los Estados Unidos ; ni Riad, El Cairo o Ankara, tienen por qué buscar muchas evidencias para sustentar su victoria sobre la teocracia persa. Victoria sobre la que se erigirá un sistema de balance de poder tutelado por la mencionada Resolución 2803.
Por tal razón, ellos, los vencedores, no tendrán que preocuparse demasiado por la transición allá, en Irán, ni por saber si en el futuro su victoria será desafiada.
En resumen, las opciones que tienen los persas son incontestablemente claras : si no cooperan en el sendero hacia un sistema político que deje de patrocinar el terrorismo, y si no desmantelan su proyecto nuclear, así como la panoplia de misiles que les quede, ya saben lo que les espera.
Como también lo sabe la Dulce Delcy, claro está.
vicentetorrijos.com

