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Los reflectores de la precampaña en Colombia se han encendido y, con ellas, las pantallas de los celulares se han convertido en el nuevo campo de batalla. Un análisis del gasto en publicidad política en Facebook revela una contundente realidad: estamos ante una carrera desbordada por comprar visibilidad, donde el favoritismo parece tener un precio millonario y muy específico. Los datos, fríos y elocuentes, pintan un panorama donde la afinidad con el uribismo marca el ritmo de una inversión digital sin precedentes, con una lista encabezada principalmente por candidatos de derecha y centro derecha.
En la cima de este ranking de gasto se libra un duelo palmo a palmo entre dos figuras que buscan consolidarse como la opción del sector. Miguel Uribe Turbay, cuyo reconocimiento público está ligado a una tragedia familiar, encabeza la lista con una cifra estremecedora: casi 300 millones de pesos en un solo mes. Muy de cerca, en el segundo puesto, aparece Juan Carlos Pinzón, un político que ha transitado del santismo al uribismo, con un desembolso de 127 millones. Este tête-à-tête digital deja en evidencia la feroz competencia por ganarse el anhelado ‘dedazo’ del expresidente Álvaro Uribe, una lucha que se extiende en el tiempo, pues si miramos el top 3 de los últimos tres meses, Uribe (519 millones) y Pinzón (314 millones) repiten su dominio aplastante.
Completando el podio de los grandes gastadores está el excontralor Felipe Córdoba, quien, a pesar de ser “el primero entre los más desconocidos” con un 76% de desconocimiento, no dudó en invertir más de 67 millones de pesos en Facebook. Le siguen en esta escalada de inversión la exdirectora de Semana, Vicky Dávila, quien a pesar de ser “la más conocida” y tener la imagen favorable más alta (51%), gastó 58.5 millones; y el exministro de Hacienda de Santos, Mauricio Cárdenas, quien, a pesar de su trayectoria, es desconocido para el 68% y gastó 58 millones.
La estrategia parece clara para la mayoría: saturar las redes sociales para suplir una notoriedad que no se tiene. La lista continúa con Héctor Olimpo Espinosa, del que el 75% no sabe quién es a pesar de gastar 56 millones; Mauricio Lizcano, exministro de Petro ahora en la centro derecha, desconocido para el 66% con un gasto de 49 millones; y Juan Guillermo Zuluaga, exgobernador del Meta, quien a pesar de ser un desconocido para el 67%, invirtió 35.7 millones. Estas cifras exponen una fórmula repetitiva: alto desconocimiento + alta inversión en Facebook = intento desesperado por entrar en la contienda. Cierran la lista Roy Barreras, el único que no es de derecha, con 26.5 millones, y Daniel Palacios, exministro de Duque y desconocido para el 74%, con 26.1 millones.
Pero más allá de la anécdota y las cifras, este fenómeno plantea preguntas estructurales sobre la salud de nuestra democracia. ¿Estamos ante una trivialización de la política, donde la profundidad de las propuestas se sustituye por la efectividad de un algoritmo de segmentación? El riesgo es que el debate público se reduzca a una subasta, donde la viabilidad de un candidato no se mida por sus ideas o su hoja de vida, sino por la capacidad de su bolsillo para financiar una maquinaria de micro-targeting publicitario. Esta no es una campaña por conquistar a la ciudadanía en las plazas, sino por capturar su atención en el feed de noticias.
Al final, la pregunta que flota en el ambiente es tan obvia como incómoda: ¿De dónde sacarán tanta plata? La comparación es reveladora: “Lo que se gastó Abelardo de la Espriella en un día, más de 300 millones de pesos en el Movistar Arena, es lo que se han gastado candidatos como Miguel Uribe y Juan Carlos Pinzón en los últimos meses en Facebook”. Este flujo constante de millones en una sola plataforma no hace sino confirmar que en las entrañas de la precampaña de la derecha corren auténticos ríos de plata, no para debatir ideas, sino para comprar un lugar bajo el sol uribista.
El verdadero costo de esta batalla digital no se mide solo en pesos, sino en el profundo vacío que deja en el proyecto de nación. Mientras los precandidatos invierten fortunas en ganar el favor de un único líder y su base, ¿quién está invirtiendo ese mismo esfuerzo y esos mismos recursos en escuchar, construir y representar al país diverso y complejo que queda fuera de esas burbujas digitales? La democracia, mientras tanto, observa cómo la batalla por el viento se libra con billetes, y se pregunta si, al final de esta carrera, el ganador habrá conquistado el corazón de los ciudadanos o simplemente habrá comprado el dedo que lo señala.
Humberto ‘Toto’ Torres




