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15 octubre, 2025Colombia está llena de talentos, pero nos falta formación. Y el caso de Néiser Villarreal, actual goleador del Mundial Sub-20 y una de las grandes revelaciones del sudamericano en Venezuela, es el ejemplo más reciente de ese dilema. Un joven con una habilidad extraordinaria, llamado a marcar época, aunque todavía debe aprender que el fútbol profesional no se juega solo con los pies. Lo suyo no es una historia cerrada ni un juicio anticipado, sino un punto de inflexión: el momento en que puede decidir si su carrera sigue el camino de los ídolos o el de los talentos pasajeros.
Villarreal encontró en Millonarios la puerta de entrada al fútbol profesional. Fue el club que creyó en él, lo formó y lo llevó a debutar en primera división. Sin embargo, el vínculo entre ambas partes se quebró antes de consolidarse. El jugador ha decidido no renovar su contrato y se marchará libre, dejando apenas un reconocimiento simbólico a la institución que apostó por su crecimiento. Algunos intentaron defenderlo o culpar al club por no haberlo “retenido”, pero en su momento, Néiser no ayudó mucho: mientras el conflicto se cocinaba, él decidió no acudir a algunos entrenamientos y apareció en redes con la camiseta de un rival histórico. Actitudes que, más que condenarlo, dejaron claro que todavía le falta comprender la dimensión de lo que significa ser profesional. Su más reciente actuación lo recuerda: tras firmar un hat-trick y ser figura en la victoria ante España, una reacción infantil —un fuerte choque y un gesto innecesario al rostro de un rival— le costó la amarilla que lo dejará fuera de la semifinal frente a Argentina. Talento inmenso, pero todavía en disputa con la cabeza.
Néiser no es un villano, es un adolescente en formación. Y en eso radica el verdadero problema del fútbol colombiano: creemos que el talento basta. No entendemos que un jugador no se construye solo con técnica, velocidad o regate, sino con valores, educación emocional y compromiso. En otros países, un chico de 19 años con su potencial tiene un equipo de trabajo que lo acompaña en lo deportivo, lo psicológico y lo humano. Aquí seguimos celebrando los goles sin mirar qué tanto se está formando la persona detrás del jugador.
Si algo enseña la historia reciente del fútbol colombiano, es que el talento, por sí solo, no alcanza. Basta mirar atrás para encontrar nombres como Teófilo Gutiérrez, Juan Pablo Pino o Dayro Moreno, ejemplos —entre muchos— de jugadores con condiciones de sobra para haberse paseado por la Premier, la Bundesliga o el Calcio. Eran distintos, impredecibles, capaces de cambiar un partido con una sola jugada. Pero el talento, sin disciplina ni equilibrio, terminó llevándolos —como a tantos otros— por carreras que pudieron ser mucho más grandes, truncadas entre altibajos y escándalos. En contraste, jugadores como Radamel Falcao, David Ospina o Hugo Rodallega —igual de talentosos— construyeron trayectorias más sólidas porque entendieron que el fútbol profesional no solo se juega con los pies, sino también con la cabeza y el carácter. La diferencia no fue el talento: fue la integralidad.
Ojalá “Ney”, como lo llaman sus compañeros de selección, lo entienda a tiempo. Ojalá comprenda que el verdadero éxito no radica solo en “cruzar el charco”, sino en ser ejemplo, en crecer como profesional y, por supuesto, como persona. Tiene todo para ser un referente, pero también todo para quedarse corto si no elige bien el camino. En Colombia sobran los talentos que se apagan, pero si de verdad queremos cambiar la historia y estar en la conversación de la élite del deporte, a los hermosos caños y regates hay que sumarles disciplina, humildad y cabeza fría: solo así los talentos se convierten en ídolos.Por Ramiro Rueda B.




