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9 octubre, 2025Hay técnicos que dejan huella en la táctica y otros que la dejan en las personas, pero son muy pocos los que consiguen las dos cosas. Miguel Ángel Russo fue uno de ellos. En un fútbol profesional colombiano acostumbrado a los proyectos breves y a los discursos vacíos, este extranjero —lleno de tanta humildad como de trofeos en su palmarés— llegó para dejar una marca profunda que trascendió la camiseta de Millonarios. Lo suyo no fue una visita pasajera; fue una lección de vida que dignificó el deporte. Russo no solo fue un entrenador exitoso, fue un hombre que comprendió el alma y la sensibilidad del jugador colombiano como pocos. Su impacto silencioso y constante fue crucial para los cimientos del que muchos consideramos el proceso más importante en la historia reciente de la Selección Colombia: la era de José Néstor Pékerman. Sin proponérselo, estaba aportando al crecimiento del talento nacional desde el exterior. Impulsó una generación de futbolistas que, más allá del azul, entendió que el trabajo, la fe y la entrega son los verdaderos cimientos de la gloria.
El 17 de diciembre de 2017, el cielo bogotano fue testigo de una de las noches más emocionantes en la historia del fútbol profesional colombiano. Millonarios llegaba al estadio El Campín con la ventaja mínima conseguida en la ida (1-0). Sin embargo, el ambiente era 100 % cardenal, pues Santa Fe era local administrativo en el último partido. La lluvia, el frío y la enorme presión de la final parecían conspirar contra el sueño. Pero había una batalla más silenciosa y personal en juego: la de Miguel Ángel Russo contra el cáncer.
Él estaba allí, saliendo de tratamientos, dirigiendo con la serenidad de quien entiende que la vida es una final diaria, hasta que, en el minuto 85, un jugador lesionado en el que solo el profe veía algo especial —Henry Rojas— puso la pelota en el ángulo, creando en el coloso un silencio tan sepulcral que, para muchos, se escuchó en toda la ciudad. Un silencio quebrado sólo por el grito de la estrella 15. Su repertorio de títulos —que incluye la Copa Libertadores con Boca Juniors, la clasificación a Copa Conmebol con Rosario Central y múltiples ascensos con clubes argentinos— demostró siempre su capacidad para construir éxitos desde la humildad.
La verdadera magnitud de su grandeza se amplificó con la consecución de la Superliga 2018 frente a Atlético Nacional. Meses después de aquella final, mientras el equipo disputaba ese título en Medellín, Miguel libraba su lucha más difícil. En su natal Argentina buscaba alivio y fuerza, pero su espíritu seguía en el banco. Cuando la Superliga se conquistó, el trofeo viajó más allá de las fronteras, directo al corazón de un hombre que transformó su padecimiento en un motor de fe inquebrantable. La enfermedad no fue un obstáculo que apareció después del éxito, sino una compañía silenciosa durante sus mayores hazañas. Su regreso al banquillo y la consecución de más títulos en Boca Juniors demostraron que la dolencia no lo detuvo, sino que lo convirtió en un ganador más resiliente, dando una lección de cultura del trabajo que trascendió fronteras. Esa imagen —la de Russo bajo el aguacero, entregado al trabajo mientras su cuerpo resistía los embates— define la pasión de un profesional que, como lo dijo más de uno de sus dirigidos, era simplemente un “enfermo del fútbol”.
Porque Russo entendió al colombiano de verdad. Fue una convicción, no un discurso. Supo liberar el talento de futbolistas complejos, convirtiéndolos en piezas clave para el alto rendimiento internacional y, por ende, para la Selección Colombia. Le dio a Fabián Vargas, con altura y respeto, una lección de humildad y trabajo en Boca, y en sus etapas más recientes confió en talentos como Yorman Campuzano y Jaminton Campáz. Además, fue un bastión para jugadores colombianos en el extranjero, como cuando sostuvo y confió en Frank Fabra y Wilmar Barrios en sus momentos más difíciles. Lo dijeron todos, “el viejo querido” no necesitaba gritar para hacerse respetar; bastaba su presencia, su serenidad y esa manera suya de enseñar con el ejemplo. Su legado no se mide en trofeos, sino en las personas que transformó y en los talentos que ayudó a pulir para el fútbol colombiano.
Por eso, su fallecimiento ayer, 8 de octubre, a los 69 años, dolió en todas partes y trascendió las camisetas. Russo fue el fútbol en carne viva. Un tipo respetuoso, honesto y trabajador que demostró que la gloria se alcanza con esfuerzo. Mientras algunos pudieron criticar que Boca Juniors lo mantuviera dirigiendo hasta sus últimos días, muchos otros entendimos que fue un acto de amor: le permitieron morir en la raya, haciendo lo que más amaba. Si el fútbol profesional colombiano quiere seguir creciendo, debería mirar más hacia hombres como él, que entienden que la grandeza no está solo en ganar, sino en cómo se gana. Miguel Ángel Russo no fue solo un entrenador; fue una lección de vida que, por fortuna, el fútbol colombiano tuvo la suerte de conocer.
Ramiro Rueda B.




